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Bäsle, mi sangre, mi alma, de
Miguel Ángel de Rus
de Javier Memba
No por ser uno de los hombres más
estudiados de su tiempo, uno de los artistas más
venerados de la historia Humanidad, la biografía
de Wolfang Amadeus Mozart carece de incógnitas.
Al menos así lo estima Miguel Ángel de
Rus. Una de esas sombras que se proyectan sobre el músico
es la relación que le unió a su prima
María Thekla en su primera juventud. Tan próxima
al incesto como los amores entre familiares directos,
a buen seguro que dicha condición ha sido determinante
para que ese capítulo en la vida del autor de
Don Giovanni (1787) sea pasado por alto por el común
de sus biógrafos.
Tan aficionado a fabular sobre las relaciones incestuosas
como ardiente admirador de Mozart, Miguel Ángel
de Rus propone en Bäsle, mi sangre, mi alma una
versión de aquellos amores prohibidos. Con la
correspondencia mantenida entre sus protagonistas como
materia literaria, el autor nos propone, más
que esa novela epistolar que parecen a simple vista
estas páginas, una exaltación del compositor
que puede llegar a conmover tanto como cualquier texto
surgido del entusiasmo que el autor siente por sus protagonistas.
Sin entrar en consideraciones sobre si la prima María
Thekla fue o no fue más importante en el corazón
de Mozart que Aloysia Weber, hay algo en Bäsle,
mi sangre, mi alma que se asemeja a los sentimientos
que le inspiraban al gran Edgar Allan las bellas muertas.
Sabido es que, en sus últimos encuentros, André
Breton se quejaba a Buñuel de que la burguesía
hubiese perdido su capacidad de escándalo. Tal
vez sea este de cuando la propia sangre se lleva el
alma -entendiendo por alma el amor- el último
tabú que queda ahora, que incluso se admite el
sadismo, el masoquismo y otras sexualidades aún
más bizarras. No hay duda, Miguel Ángel
de Rus es consciente de ello. Por eso hay algo en él
que nos recuerda a ese Léo Ferré que le
agradece a Satán la sepultura anónima
que dispuso para Mozart.
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