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Escena urbana
de Manuel Hidalgo
En Madrid, en el centro de la ciudad,
en uno de estos días de calor. El termómetro
digital de una farmacia marca 35 grados. Es casi la
hora de comer. Las mesas de la terraza de un bar están
repletas de clientes. Hay un flujo intenso de gente
que va de aquí para allá, en la vecindad
de unos grandes almacenes. Una rumana pide limosna con
un niño dormido en brazos. Unos orientales venden
compactos y gafas de sol sobre una loneta desplegada
en la acera. Alguien corre para coger un autobús.
Un chico llega a un paso de peatones con el semáforo
en rojo. Lleva unos mocasines negros, un vaquero azul
y una camisa blanca de manga corta. El pelo, negro y
largo.
Una chica se aproxima al borde de la acera, dispuesta
a cruzar el concurrido paso de peatones.
La chica lleva unos zapatos blancos de tacón
con los dedos y los talones al aire, que se resuelven
por delante en una tirilla coronada por una flor multicolor.
Las uñas de los pies están pintadas de
verde botella.
La chica lleva un pantalón rosa de tejido espumoso,
tipo pitillo, creo que les llaman, que le marca notablemente
el contorno de las piernas y de las nalgas, muy sobrantes
respecto al reducido tamaño del pantalón.
El pantalón, pegado al cuerpo, deja ver la línea,
en ambas nalgas, donde terminan las bragas, cuya dimensión
resulta muy subrayada, al igual que, por delante, el
ceñido pantalón resalta notablemente los
huesos de su pelvis, es decir, de su sacro, de su ilion,
de su isquion y de su pubis.
El pantalón de la chica termina muy por debajo
de lo que propiamente podríamos llamar cintura,
dejando un espacio de piel morena a la vista en el que
sobresale la línea de la goma de unas bragas
blancas. También a la vista, en su correspondiente
lugar central en el vientre, queda el ombligo y, muy
cerca de éste, un tatuaje pequeño de color
azul que representa a un dragón que escupe fuego.
La chica lleva una ceñida camiseta de tirantes
de color fucsia, bajo la que, conforme se acercaba al
paso de peatones, tambaleaban unos pechos prominentes,
avanzados en unos pezones evidentes, vanamente retenidos
por un sujetador negro, según se puede comprobar
en los tirantes a la vista que se suman por separado
a los tirantes de la camiseta.
La chica lleva anillos de colores en los dedos de las
manos, uñas violetas, así como pulseras
en sus muñecas. Sus hombros, desnudos y morenos,
como su vientre. Pendientes en las orejas u gargantillas
en el cuello. Su cara y sus ojos, maquillados. Su pelo,
rojo teñido, con una mecha azul.
El chico mira a la chica de abajo a arriba y de arriba
a abajo. Y la chica, molesta, le suelta:
-Y tú, ¿qué miras?
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