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CONTRA EL GOLPE DE ESTADO HONDUREÑO
de Juan Patricio Lombera
Hoy es domingo. Un domingo cualquiera.
Acabo de ver el emocionante partido de España
contra Sudáfrica y tengo planeado ver la final
de la Copa Confederaciones. Como distan unas horas entre
ambos partidos paseo mis ojos en la red para ver si
he recibido mensajes (cosa poco probable) y ver las
noticias del día. Y es entonces cuando me encuentro
con la noticia que nunca habría querido leer.
Los militares han irrumpido en la casa presidencial
a tiros y secuestrado al presidente de Honduras. Desde
hacía unos días la tensión iba
en aumento con un presidente obsesionado por abrir las
puertas constitucionales a su reelección y distintas
instituciones -entre ellas la Corte Suprema de Justicia
que declaró ilegal dicha consulta-. No creo en
los políticos iluminados e imprescindibles que
se sacrifican por la patria reformando la constitución
para continuar en el poder. De hecho, los últimos
tres casos de reelección forzada ocurridos en
latinoamerica han acabado de la peor manera posible.
Fujimori acabó huyendo a Japón al principio
de su tercer mandato tras la publicación de unos
videos que mostraban la corrupción de su gobierno.
El mandato de Menem, a su fin, desembocó en la
peor crisis institucional y económica de Argentina,
mientras que no sabemos cuantas décadas se perpertuará
el mandato de Chávez en Venezuela. No existe
ninguna razón objetiva para realizar dicha reforma
constituciónal y ningún político
es tan imprescindible, menos aun si sus actos fracturan
tan notablemente a la sociedad de su país como
en el caso presente.
Ahora bien, el hecho de que rechace una reelección
del presidente Manuel Zelaya no impide, al mismo tiempo,
de que esté en contra del Golpe de Estado promovido
por los militares. Como latinoamericano que soy, no
puedo olvidar que cada vez que un militarote ha salido
ante las cámaras diciendo: "hice lo que
hice para salvar a la patria, bla bla bla..." sus
buenas intenciones se han saldado con un baño
de sangre. Independientemente de la ideología
de cada gobernante latinoamericano y de sus simpatías
u odios hacia Zelaya,los presidentes de cada país
debe mostrar su total repulsa a este acto contrario
a la ley y exigir la reincorporación incondicional
de éste en su cargo. No se puede permitir que
este atropello a la ley prospere porque sería
un pésimo precedente para todos los países
de la región, amen de un retroceso a la segunda
mitad del siglo XX. En ese sentido, resulta muy alentador
que el gobierno de Estados Unidos, en el pasado tradicional
aliado de los regímenes golpistas, haya condenado
el golpe. De hecho esta condena es un signo de los nuevos
tiempos que corren en los que nadie quiere la imposición
de una cúpula castrense por encima de los deseos
de todo un pueblo. Esperemos que la normalidad democrática
se restituya en las próximas horas y también,
por qué no decirlo, que el presidente Zelaya
abandone de una vez por todas su capricho reeleccionista
obedeciendo así a lo dictado por el poder judicial
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