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India, mon amour
de Andrés Fornells
(Dedicatoria: Para Miguel Ángel
de Rus (Editor de EDICIONES IRREVERENTES)
Hace mucho tiempo
ya, cuando yo era un jovenzuelo ávido de aventuras
y desesperado por conocer mundo, cogí una mochila,
un saco de dormir, ropaje resistente, un buen par de
botas y me convertí en trotamundos. Como el auto-stop
funcionaba tan mal, ya por entonces, le pedí
un préstamo a mi disgustada madre ella
siempre vio peligros hasta en el uso de las maquinillas
de afeitar desechables y tomé un tren que
me llevó a París donde vivía una
francesa con la que había intimado durante unas
vacaciones en Palamós y, habíamos sido
tan generosamente cariñosos el uno con el otro,
que ella, tan entusiasmada conmigo como yo con ella,
me pidió ir a verla si alguna vez visitaba Francia.
Hay gente que, por vivir lejos de ti, te invita a su
casa entendiendo que nunca aparecerás por allí,
y cuando llegas de repente se llevan una muy desagradable
sorpresa.
No fue el caso de Germaine que me recibió
con los brazos abiertos y lo mismo otras partes de su
anatomía, más íntimas y voluptuosas.
Tenía planeado pasar tres o cuatro días
con ella y seguir camino hacia Alemania,
donde tenía a otra conocida. Estuve con Germaine
dos semanas y, para no quedarme ya toda la vida con
aquella adorable fémina con la que nos agotábamos
mutuamente la felicidad, me fui una mañana mientras
ella se hallaba trabajando en su oficina.
Para no enrollarme mucho, pues se trata
de escribir un relato, no un libro, hice escala en Stuttgart
que de allí era la cariñosa que también
había conocido durante sus vacaciones estivales.
En este encuentro el sorprendido fui yo, pues Petra
nada me había dicho de que estaba casada. Pero
para pasmo mío inexperto en demasiadas
cosas, su esposo me trató con tan extrema
amabilidad y tolerancia, que no le importó que
su mujer se pasara de afectuosa conmigo.
La situación, para mi nada cosmopolita mentalidad
de entonces, se me antojaba muy complicada e inquietante.
¿Por qué quien podía garantizarme
que el consentidor Peter no podía levantarse
celoso una mañana y meterme a mí uno de
los enormes cuchillos de cocina, en vez de meterlos
dentro del cajón de la encimera?
Tenía en mi poder más direcciones
de conocidas vacacionales, pero reflexionando que si
iba parando tanto en mi camino, se me irían los
tres meses con que contaba, y sin haber llegado a mi
meta soñada: la India.
Desde Hamburgo a la colosal Bombay
actualmente con más de dieciséis
millones de habitantes me permití el costoso
lujo de ir en avión.
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La India, en todos
los sentidos, superó con creces cuanto yo había
leído y escuchado sobre este mágico, extraordinario,
maravilloso país. Al principio, a mí,
el calor, los olores que tanto extrañaron a mi
olfato, y la miseria que reinaba por doquier me sacudieron
como un vendaval inmisericorde.
Luego, empecé
a querer y admirar a esta gente, increíblemente
amigable, resignada y religiosa que, no importa lo pobre
que sea, sabe sonreír como ningún otro
pueblo de la tierra. Dormí en los jardines, en
los monumentos; igual que hacía una ingente cantidad
de hindúes sin techo. Dormían y morían
también. Porque en la India pueden morir tranquilamente
en las calles los que no tienen casa ni cobijo. Y qué
no podré decir para ensalzar el pacifismo y honradez
de los hindúes. Jamás, nadie, intentó
agredirme ni robarme. A los hindúes, la miseria
no los convierte en ladrones, ni en asesinos. ¿No
bastaría esto para experimentar incondicional
y profunda admiración hacia ellos?
Encontré un trabajo. Yo chapurreaba bastante
bien la lengua de Shakespeare, y un inglés que
tenía un puesto de refrescos cerca a los Jardines
Victoria, muy visitados por los turistas, me explotaba
mientras él practicaba otro tipo de esfuerzo
físico con dos mujeres que tenía. Estaba
gordo, rubicundo y lucía un enorme bigote al
estilo colonial. Hay razas humanas que parecen nacidas
para mandar, y otras nacidas para obedecer.
En la India, por encima de otros muchos
males que padecen los obreros, está la desalmada
explotación a que los someten los empresarios
sin escrúpulos y que los convierte, más
que en obreros, en esclavos.
La encomiable dignidad de los hindúes
adultos no les permite acercarse a los extranjeros a
pedirles limosna. Sólo los niños se acercan
a ellos y les ofrecen un intercambio: sus blancas, bellas
y alegres sonrisas, a cambio de unas pequeñas
monedas.
Llegué a sentir tanto amor por
la India, que me habría quedado a vivir allí
para siempre. Pero mi madre, viuda, me reclamaba. Lloró
a mares y me dijo si quería matarla de pena y
tristeza, una vez que la dije, por teléfono,
mi deseo de quedarme allí.
En fin, transcurridos tres meses un avión
me dejó en Frankfurt, y desde esta importante
ciudad alemana regresé a España en tren.
Me sentía tan triste como un emigrante. Llegué
a Puigcerdá, donde
tendría que esperar unas horas para mi próximo
tren. Me di una vuelta por esta bella ciudad fronteriza.
Estaban en fiestas. Me sentía como desarraigado
hasta que, al llegar a la Plaza Mayor, escuché
la música del flaviol y el tamboril y a continuación
descubrí a un grupo de personas que formando
corro, cogidos de las manos y los brazos en alto, bailaban
sardanas. Yo no sabía bailarlas, pero el corazón
me dio un vuelco y sentí que recuperaba algo
que durante algún tiempo se me había extraviada.
Me acerqué a ellos y al instante, con una sonrisa
amigable me ofrecieron sus manos, y creo que aprendí
enseguida este baile que es de los pocos que puede bailarlos
un pueblo entero. Y experimenté que recuperaba
de nuevo el orgullo de mis orígenes.
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