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El libro como mito
de Pedro Antonio Curto
¿EN PELIGRO?
Reconozco que soy una de esas personas amantes del libro
como objeto. Me gusta tocarlos, sentirlos, manosearlos,
establecer con ellos una relación que va más
allá de objeto y que roza el fetichismo. Cuando
publico, me paso horas embobado mirando el libro como
si fuese un hijo mío.
C UANDO los primeros automóviles
de motor empezaron a invadir los caminos, hubo gentes
que protestaron contra ellos, alarmados ante las amenazas
que suponían, al mismo tiempo que defendían
los coches de caballos. A la vista del tiempo, lo que
plantearon los críticos del motor nos puede hacer
sonreír, pues sin duda los vehículos motorizados
han sido uno de los elementos fundamentales del progreso
y de nuestro modo de vida. Pero si pasamos por alto
las exageraciones, buena hubiera sido la existencia
de una conciencia critica ante el mercado y la industria
automovilística, capaz de racionalizar y limitar
sus efectos más perniciosos. Quizás así
no habríamos llegado a los altos niveles de contaminación,
las ciudades serían más habitables y al
servicio de la persona y no del automóvil y la
velocidad, convertida en un todo junto a otros elementos
de seguridad, no habría provocado la muerte de
millones de personas en accidentes de tráfico.
Es la necesaria conciliación entre las nuevas
tecnologías y el humanismo, que suele resolverse
con la primacía de la primera sobre la segunda.
En una época en que las nuevas
tecnologías avanzan de una forma en que una misma
generación ve cambiado sus hábitos de
vida sin apenas darse cuenta, no es malo detenerse y
reflexionar sobre lo que los cambios suponen. En este
sentido se sitúa el debate sobre uno de los elementos
de culto de nuestra sociedad: el libro y, en particular,
el libro impreso amenazado por su nueva versión
electrónica.
En primer lugar, es necesario señalar
que estamos ante un cambio de formato, pues lo esencial,
lo escrito, va a seguir existiendo. Ahora bien, las
formas son importantes y más cuando abordamos
un objeto, como es el libro impreso, que es una esencia
de nuestro ser colectivo e histórico.
Hasta ahora, el libro electrónico
ha estado limitado a que su formato, el ordenador, no
parecía ser del gusto de la mayoría de
lectores. La cosa empieza a cambiar cuando comienzan
a aparecer pequeños y cómodos aparatos
en los que se puede ir leyendo en el autobús,
igual que se hace con un libro impreso (su tamaño
es parecido e incluso menor), aparte de que dichos aparatos
permiten el almacenamiento de una gran cantidad de libros.
Es decir, que uno puede tener entre las manos todos
los tomos de 'En busca del tiempo perdido', de Marcel
Proust, sin cargar con varios kilos de papel. Además
argumentan los defensores del libro electrónico
que las selvas brasileñas nos lo agradecerían.
Y el argumento ecológico, tal como va el mundo,
parece irrefutable. Frente a este 'avance', los defensores
del libro impreso argumentan el tacto del papel, su
aroma, su calidez, su forma, el poder tocar y poseer
un objeto... Uno de sus defensores, Umberto Eco, ha
dicho: «Si tengo que dejar un mensaje a la posteridad,
lo haré en forma de libro y no en formato electrónico»,
y argumenta la escasa permanencia de los nuevos formatos
electrónicos, que, como el disquete, apenas duran
unas décadas.
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Pero lo cierto es que el formato electrónico
tiene un efecto multiplicador que supera al libro y
es difícil que fuegos o censuras acaben con él.
Los mensajes a la posteridad de Eco es posible que estén
tan seguros en la Red como en el papel. Por otra parte,
la literatura no nació con el libro impreso,
sino en la tradición oral; Gütemberg le
proporcionó una carta de naturaleza y su paso
a la posteridad. Desgraciadamente, buena parte de esa
tradición se ha perdido, en particular, en culturas
como la africana, donde hasta los idiomas han sucumbido.
Aquí, por lo menos, la tecnología debe
o debería ser un soporte para la cultura.
Reconozco que soy una de esas personas
amantes del libro como objeto. Me gusta tocarlos, sentirlos,
manosearlos, establecer con ellos una relación
que va más allá del objeto y que roza
el fetichismo. Me encantan los libros de tapa dura (una
especie en vías de extinción) y los que
llevan una cinta para marcar la página. Cuando
público, me paso horas embobado mirando el libro
como si fuese un hijo mío. Pero todo eso pertenece
en esencia a una actitud romántica y que no tiene
en cuenta los nuevos hábitos generacionales.
Mientras yo, si quiero consultar algo, recurro a una
enciclopedia o un diccionario en papel, mis sobrinos
encienden el ordenador.
No creo que el libro impreso vaya a desaparecer,
igual que la televisión no lo hizo con la radio,
el vídeo con la gran pantalla y hasta el vinilo
renace en la era del mp3. Otra cosa es que el libro
impreso pase a un segundo plano, cuestión que
no es necesariamente negativa.
P or mucho que amemos el actual formato
libresco, hoy se mantiene gracias a su valor en el mercado.
Así, al igual que contiene esencias maravillosas,
prevalece como un objeto que se vende casi al peso,
en lotes (500.000 en una conocida promoción)
despojado de la intimidad y la querencia con la que
algunos nos relacionamos con ellos. Virginia Wolf se
preguntaba cómo debería leerse un libro.
Ella nos hablaba de la libertad, del sentido común,
de saber crear un universo propio en relación
al texto que se está leyendo. Y eso no sucede
hoy el día (salvo minorías) donde el traje
del emperador es una coraza que coarta nuestra libertad,
nuestra creación, bajo las diversas formas de
lo políticamente correcto.
Por eso, más que defender un formato,
ese amor por el libro impreso debe ser la defensa del
libro como mito revelador, como un objeto capaz de contener
esencias perturbadoras, de poner en cuestión
certidumbres, de alumbrar horizontes nuevos, de abrir
sus tapas (o lo que sea en su versión electrónica)
a un universo en el que habitar a unos centímetros
del suelo.
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