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Pacumbral
de Antonio López del Moral
Nunca me han gustado
los obituarios ni las necrológicas, aborrezco
los epitafios y las dedicatorias tardías en coronas
de flores tiernas que, tan pronto, ay, se secarán
sobre el mármol. La muerte es una estación
de paso en la que te ves atrapado para siempre, una
brusca caída desde las alturas de tu irrelevancia.
Sólo nos duele la muerte cuando nos roza, cuando
toca a alguien a quien amamos, a quien conocemos bien,
a quien necesitamos de un modo u otro en nuestra vida.
Reconozco que cuando pasó lo de Diana de Gales
o cuando la palmó Lola Flores, no conseguí
entender las explosiones de dolor popular, me parecieron
extemporáneas, exageradas, totalmente distorsionadas
por sentimientos vulgares. Y ahora, de pronto, Umbral.
Umbral es algo más que uno de
los tres mejores escritores españoles del siglo
XX (junto a Cela, su maestro, y Delibes, su primer jefe).
Umbral es más que su propio personaje destilado,
triturado, masticado e instilado en las páginas
de una obra tremenda. Umbral es algo más que
un superdotado, algo más que un clásico
vivo, algo más que el mejor columnista español
de todos los tiempos, para mí por encima de Larra.
Umbral es otra historia, la suya propia, y encima contada
a su manera, toma ya.


Recuerdo que cuando comencé a
leer periódicos, hace ya 20 años, me llamó
un día la atención una columna escrita
en endecasílabos. Con dos cojones. Me quedé
tan alucinado que tuve que releerla. A la tercera comprendí
que aquello era algo fuera de lo común, no se
parecía a ningún otro columnista, y mira
que había. Aquel tipo, Pacumbral, destacaba tanto
que llegaba incluso a producir una sensación
extraña de enajenación, un dejà
vu literario que te retrotraía a autores que
no habías leído nunca. Porque todos estaban
en Umbral. Poco a poco, según fui ampliando mis
lecturas, descubrí en sus columnas -que nunca
perdonaba-, trazos de Larra, pedazos de carne de Quevedo,
vocablos duros como piedras y olorosos como morcillas
frescas de Cela, esperpénticas espantadas de
Valle Inclán, y todo ello ambientado en una atmósfera
del Madrid de posguerra, un Madrid de cigarrillos negros
liados, criaditas y militares con maleta y café
Gijón. Hay muchas literaturas, y todas, insisto,
estaban en aquel Umbral con el que yo chocaba de bruces,
deslumbrante, sorprendente, ora jocoso, siempre irónico,
de pronto lírico, tierno, melodramático,
costumbrista, provocador, evocador, memorioso e incansable.
El misterio de Umbral me persiguió
durante mucho tiempo, no conseguía entender su
sutilísima singularidad, me costaba trabajo,
me despistaba, porque tan pronto me llevaba por los
cauces de un estilo que me resultaba familiar (me recordaba
a alguno de los autores que he citado antes), como súbitamente
daba un quiebro, me clavaba en el culo uno de sus increíbles
neologismos, y me dejaba con un palmo de narices, mirando
al tendido y pensando aún en Quevedo, mientras
él ya andaba por Larra. Durante un tiempo pensé
que era una especie de Proust a la madrileña,
con la magdalena mojada en whisky y a la sombra de las
muchachas etcéteras, las ninfas verticales que
resbalaban a veces húmedamente por sus novelas,
y que te enseñaban los pechos a la manera de
la Aurorita de La Colmena. Y finalmente llegué
a la conclusión (conclusión es el punto
exacto en el que uno se cansa de pensar) de que con
Umbral no hay conclusión posible, porque su extraordinaria
obra es una esponja, un papel secante que absorbe todo
a la vez, vida, sexo, literatura, fiestas, whisky, dolor,
felicidad, amargura y teclas de una underwood clásica
que él convertía en daguerrotipo, fijando
en el papel las imágenes recogidas a diario en
la calle.
En Umbral no había separación
entre la vida y la obra, escribía para vivir,
vivía para escribir, escribía sobre la
vida y vivía, en fin, donde le pillaba. En Madrid,
o sea. Umbral era Madrid, y ningún otro autor
ha retratado con tanto acierto los vaivenes de la ciudad,
ningún autor le tomó el pulso a la movida
madrileña como él, nadie colegueó
al mismo tiempo con Ramoncín y con Cervantes,
nadie utilizó en sus obras simultáneamente
citas de Schopenhauer y frases robadas de una pintada
en un edificio ocupado del Rastro. No se puede entender
la transición sin las novelas de Umbral, pero
es que tampoco se entiende la posguerra, ni el tardofranquismo
(expresión acuñada por él), ni
el tardofelipismo, ni a la gente guapa, ni a la jet,
ni a los sociatas, ni a Corcuera con mono de electricista,
ni a Barrionuevo con su cara de boxeador sonado, ni
a Anguita, ni al cubalibre, ni a Tierno Galván,
ni al loro que pasó a la historia. Umbral se
despelotaba en cada libro, en cada artículo,
en cada frase, no había en él ni una sola
palabra sin idea, ni una sola idea que no apareciera
tan brillantemente expuesta que uno no sabía
si quedarse con el fondo, o con la forma, o con los
últimos restos del whisky de su vaso sempiterno.
No se entiende tampoco a Mercedes Milá, que después
de aquello se arrojó al barro mediático
de los grandes hermanos, ni se comprende el Viagra,
ni el pádel, y si este deporte absurdo se ha
puesto de moda, fue sólo porque Pacumbral nos
contó que Pedrojota se iba a jugar a mediodía
con Josemari, en el Palestra, ya me entienden. Los periódicos,
sin su columna, sin sus frases y sus quiebros, sin sus
cotilleos, se convierten en meros boletines, en tristísimos
despachos de agencia que tiemblan sobre la mesa, antes
de caer abiertos por la sección de necrológicas,
sobre la esperada flor de la última columna,
esa que nunca llegó. Se ha roto la realidad,
y esta vez no tenemos a nadie que nos lo cuente. Chao,
Paco. Espero que le digas a Dios que has venido a hablarle
de tu libro.
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