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¿Prohibir el libro?
de Pedro Antonio Curto
Más allá
de algunos fenómenos de superventas, más
sociológicos y mediáticos que literarios,
todos los informes indican que el libro parece estar
en retroceso. En una sociedad donde domina lo hedonista,
donde las nuevas generaciones casi nacen con el ordenador
y la Play Station bajo el brazo, el esfuerzo que puede
suponer la lectura parece una batalla perdida.
Si uno puede ver una película
en su teléfono móvil (que además
será de consumo fácil), para qué
dedicarse a abrir unas tapas y esforzarse en descifrar
lo que nos dicen un montón de letras juntas.
Hay que forzar la vista y sobre todo la imaginación,
hacerse preguntas, adentrarse en laberintos, profundizar,
plantearse cosas... con lo cómodo que es el ofrecimiento
de dártelo todo resuelto con sólo pulsar
unos botones. Además, ahora viene la famosa crisis,
con lo que, si la compra de libros era escasa, se reducirá
aún más porque no es un elemento necesario.
De poco sirven las campañas, que
nos metan por la televisión lo útil que
es leer, que los famosos de turno aconsejen la lectura
o que algunos voluntariosos profesionales de la enseñanza
se empeñen en que sus alumnos abandonen por un
momento los videojuegos para inmiscuirse en la lectura.
Cuando hasta algo tan sugestivo como las palabras e
historias de Cortázar les parecen aburridas,
poca alternativa parece haber.
¿No habremos sacralizado el libro,
convirtiéndolo en una especie en extinción
con todas las protecciones oficiales? Quizás
sea necesario lo contrario, que el libro se convierta
en un elemento peligroso, un subvertidor que propicie
el desorden en vez del orden, que pertenezca a lo peligroso
en vez de a lo recomendable por todas las instituciones
y gentes de bien.
Si tenemos en cuenta prohibiciones históricas,
como la 'ley seca' americana, que no consiguió
acabar con el consumo de alcohol, que somos uno de los
primeros países consumidores de cocaína,
que las drogas 'prohibidas' nunca han desaparecido por
la represión e incluso en muchos casos han generado
una cultura popular a favor de su consumo, quizás
habría que plantearse prohibir el libro.
Cuando hoy el avance tecnológico
va a producir potentes ordenadores en un tamaño
mínimo y los teléfonos móviles
son un todoterreno, la utilidad práctica del
libro impreso, tal y como lo parió la imprenta
de Gutenberg, parece cada vez menos necesario. Hoy bastaría
con reducirlo a una utilidad oficial y, eso sí,
exponerlo en algún museo, como cuestión
de un pasado bárbaro, pues, al fin y al cabo,
muchos libros han servido para la violencia y la guerra.
De esta forma, estaríamos ante
algo ilegal y peligroso, cuestión que todos sabemos
tiene su atracción. Porque, ¿quién
en su infancia no ha tenido la tentativa (o la ha llevado
a cabo) de hacer lo que la autoridad paterna o escolar
decía precisamente que no se debía hacer?
Ante esto, siempre habrá quien
tenga la romántica necesidad de leer en papel,
de palpar con el tacto su rugor, su aroma, esa dependencia
que supone encontrarse con unas letras llenas de historias,
emociones... Existiría así esa inmensa
minoría que seguiría utilizando el libro
clandestinamente, como hoy hacen los que lían
un 'porro' bajo la mesa, con la mirada avizor por el
temor a ser descubierto.
Se crearía una sigilosa comunión
de personas que comparten un placer prohibido, que buscarían
por las ciudades locales clandestinos donde se vendiesen
libros, creándose así una especie de secreta
religión.
¿Alguien se imagina un delito
más atrayente que ser traficante de libros y
que cuando hubiese una redada los pillados saliesen
con las muñecas esposadas y en alto, con el elemento
del delito entre sus manos? Incluso los más valientes
gritarían: "¡Viva el libro!".
Y, por supuesto, con la prohibición
empezaría un clamor, quizás silencioso
al principio, más tumultuoso después,
que pidiera la libertad del libro. Camisetas, pegatinas,
chapas... y hasta manifestaciones solicitando el fin
de la prohibición. Y que algún grupo musical
llevase en alguna canción una combativa letra
anti-prohibicionista, de forma que en conciertos y bares
de copas, cuando sonase esa música, todos botasen
al ritmo de: "¿Li-li-bro, lega-lega-lización!".
Es, sin duda, una fantasía, pero,
si el libro quiere vivir (y su esencia más que
su forma), debe recuperar una energía, una fuerza
trasgresora que a lo mejor no le dan ni la mercadotecnia,
ni casposas campañas oficiales.
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