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Nuestra poco ilustrada prostitución

"Putas de España". Nuestra poco ilustrada prostitución

de Joaquina García de Fagoaga

Muy minoritario resultó el fenómeno de la Ilustración en España. Iba desde algunas salas del Palacio Real a las recién fundadas Sociedades Económicas de Amigos del País, pasando por poquísimos conventos, un pequeño número de nobles, algunos caballeros, escasos cargos públicos y casi nadie de la exigua burguesía ciudadana que por entonces comenzaba a surgir.
Así mismo, la policía fronteriza seguía extremadamente rigurosa con todos los papeles, encuadernados o no, que cruzaban caminos o desembarcaban en puerto. Y al no ser aún tiempo de teléfonos, ni siquiera de diarios de opinión, ésta tardaba meses o años, si es que lo hacía, en llegar a todos los rincones de un país fragoso en el relieve y desconfiado en su proceder.
Nunca tuvo más razón Ortega y Gasset cuando aseguraba que "nos faltó el siglo educador", el que sí tuvo lugar en otros países de este lado de Europa. Lamentables acabarían siendo las consecuencias de dicha merma, que íbamos a notar -y aún las notamos- en detalles tales como las guerras carlistas, la última guerra civil, el poder y cerrilidad del clero con boina, nuestro masivo desprecio a los estudios y, en fin, la escandalosa ausencia de La primera medida legal contra la prostitución que se conserva del siglo XVIII está dictada por el Consejo de Castilla en 1704, esto es, a comienzos del reinado de Felipe V, por entonces rey de media España, porque no olvidemos que la otra media estaría aún durante diez años por el archiduque Carlos, durante una más de nuestras guerras civiles, ésta llamada de Sucesión.nombres hispanos en los libros de ciencia, ese verdadero santoral de gentes que han dado su trabajo y su vida por el bienestar de la humanidad, y encima sin esperar ningún tipo de Campos Elíseos de ultratumba, sino sólo por querer hacer más transitable el reino de este mundo.
La prostitución no aumentó ni descendió durante el balbuceo de las ideas razonables en la España del XVIII, porque buenas voluntades y leyes benéficas se estrellaban contra un muro de rancia tradición machista y ultramontana donde las mujeres seguían dividiéndose en esposas y putas.
La escasa influencia de la Ilustración entre nosotros se plasmó en unas decenas de poblaciones de nueva planta, ciertas publicaciones tímidas a favor del raciocinio y contra la intransigencia, y un inicio regio de la sistematización de las finanzas y de las ciencias positivas.
Quizá no podía ser de otra manera en una tierra donde diez millones aproximados de habitantes sustentaban a más de un millón entre nobles, clérigos de variada graduación, hidalgos y demás prebendados exentos de impuestos y fuera del alcance de la jurisdicción ordinaria. Recordemos que clero y nobleza tenían sus propios jueces y presidios, elegidos y sostenidos por ellos mismos, por lo que tampoco debe olvidarse la indelicada pero certera reflexión de que "quien a sí mismo se capa, buenos cojones se deja".
Con tal estado de cosas vendría a terminar del todo o en buena parte la Revolución Francesa, de la que sólo se nos recuerda la sanguinaria guillotina entre los aullidos de los parisinos desarrapados, todo lo cual, aunque cierto, no fue sino un aspecto casi marginal de un movimiento que trajo a Europa la unidad de jurisdicciones, la división de poderes, la elección de mandatarios y el concepto de nación, casi tal y como lo entendemos hoy.
En España seguía además activo un piadoso organismo llamado Inquisición, que tanto bien nos había proporcionado haciendo que medio país desconfiara del otro medio, evadiendo enormes sumas de dinero hacia Roma en forma de limosnas e indulgencias, encumbrando la hipocresía y la mediocridad en el pensamiento nacional, tostando a unos cuantos recalcitrantes y haciendo huir a buen número de nuestros mejores cerebros.
Cierto que el bondadoso tribunal ya no quemaba como antes, aunque no fuese más que por agotamiento de material combustible, pero sí se habían acentuado sus funciones de policía del pensamiento, y entre ellas estaba el control de lecturas y reuniones donde se cuestionase el origen divino de la autoridad, cosa que desde las epístolas de san Pablo no podía ponerse en duda.
El número de miembros del clero, que a finales del XVIII era como decíamos considerable, había dado lugar a numerosas coplillas irreverentes. Y no pocas relacionadas con las putas. Casi ninguna de esas florecillas líricas ha podido atravesar los filtros de la censura. Sólo una pocas han llegado a nuestros días, y entre ellas llama la atención la siguiente, que relaciona -sin prueba alguna, claro está- la abundancia de hábitos y sotanas con el número de niños expósitos:

Tanto cura, tanto cura,
tanto puñetero fraile,
tanta monja de clausura,
tanto chiquillo sin padre.
(Anónimo, finales del s. XVIII)

CONTINÚA EL RIGOR... EN TEORÍA

Ya se sabe que aquello que se prohibe mucho es porque se hace mucho.
Una de las formas más seguras de averiguar lo que ocurría en el pasado es repasar la legislación de época y ver con qué persistencia y rigor se castigaba una actividad ilícita. Podemos estar seguros de que, a mayor dureza, más ocurría el correspondiente delito.
Las mancebías habían sido vetadas repetidamente de forma oficial en el siglo anterior, para variar, pero eran años de crisis, -si es que algunos no lo fueron en España-, y el placer carnal era barato, dadas las muchas criaturas desheredadas y sin oficio que vivían de la caridad. Pocas veces debió ser más cierta la copla que en los años sesenta de este siglo cantaba y aún canta José Menese (y que sea por muchos años, maestro):

Pobrecito del que come
el pan en la mano ajena,
siempre mirando a la cara,
si la ponen mala o buena.

en cuanto a las esposas, ellas son tan esclavas de ellos como ellos lo son de sus queridas o amigasLa primera medida legal contra la prostitución que se conserva del siglo XVIII está dictada por el Consejo de Castilla en 1704, esto es, a comienzos del reinado de Felipe V, por entonces rey de media España, porque no olvidemos que la otra media estaría aún durante diez años por el archiduque Carlos, durante una más de nuestras guerras civiles, ésta llamada de Sucesión.
Tal decreto quería atajar la proliferación del negocio en plena calle, a la luz del día y ante los ojos de criaturas inocentes o escandalizadas. Se ordenaba sencillamente la "reclusión de todas las mujeres perdidas que existen en los paseos públicos, causando nota y escándalo."
Está claro que debían ser no solo muchas, sino que ejercerían descarada y certeramente sus artes en aquellos lugares.
Bastante de ello habría cuando lo cuenta un viajero holandés, que visitó España hacia 1700 y publicó posteriormente en Amsterdam la relación de su periplo. Entre otros detalles antropológicos hablaba de los cinco o seis refajos que llevaban -uno encima del otro- generalmente las mujeres, de su amor por los abalorios tales como punzones, anillos u horquillas, así como de las "casas de respeto" para los amancebados, a los que por entonces también se daba el nombre de "casados a media casta".
Y es que las casas de citas, híbridas entre la prostitución y el simple engaño marital, siempre han tenido buena aceptación en países de moral estricta como el nuestro
El observador viajero añadía que "en cuanto a las esposas, ellas son tan esclavas de ellos como ellos lo son de sus queridas o amigas" También hablaba del alto nivel de infección, entre otros motivos porque aún se mantenía en España la espeluznante concepción barroca de ser entonces gran prueba de amor el unirse a un ser amado infecto y lleno de pústulas.
En Sevilla -ciudad que aún no había digerido la pérdida del monopolio del comercio de Indias, en favor de Cádiz-, la prostitución había abandonado el barrio de El Arenal, tras el cierre gubernativo de las casas de citas, y se había trasladado a la Alameda de Hércules, lugar donde aún campa por sus respetos el oficio, como cualquier viajero podrá observar, sobre todo si pasa por ella desde que la luz del día no permite distinguir un hilo blanco de uno negro, como se dice en Las Mil y una Noches.
La Alameda fue primero brazo del río y luego laguna, desecada en el siglo XV por el Conde de Barajas, quien, buscando un lugar de público solaz en una ciudad sequerona y escasa de parques, construyó un lindo paseo que terminó en lugar de encuentros para pícaros, putas y rufianes.
Posteriormente, el muy ilustrado don Pedro de Olavide, durante unos años asistente de la ciudad, llevó a cabo obras para un hospital municipal entre cuyas funciones entraba recoger a las prostitutas enfermas.
Tras buscar entre corrales de vecinos, casonas y palacios venidos a menos, el lugar escogido fue el edificio de El Corral de la Laguna, donde por entonces la autoridad custodiaba a "las gitanas que no ha reclamado la justicia de sus respectivos pueblos".
En cuanto a Madrid, que era ya la ciudad mayor del reino, tenía a mediados del XVIII más de setecientos burdeles censados, y la legislación municipal contra ellos no hacía más que repetirse con monótona ineficacia.
En las demás grandes urbes del país el panorama no era mucho más halagüeño: Cádiz, con su puerto mucho más apto que Sevilla para los modernos navíos de más tonelaje, acababa de alzarse, como anotamos antes, con el monopolio del comercio de Indias. El aumento de la actividad portuaria y financiera trajo un inmediato incremento de la prostitución. De siempre se ha sabido que los puertos son lugares perfectos para el amor mercenario: ¿Dónde si no se encontrará un continuo enjambre de hombres con dinero fresco y pocos días para gastarlo, tras la sequía amorosa de las largas travesías?
Se tienen noticias de una redada en las que el gobernador de la ciudad, un tal Bucarelli, apresó a unas ciento cincuenta meretrices. A renglón seguido, el celoso funcionario propuso crear un hospicio para aquellas mujeres. Pero su ruego no fue atendido por la autoridad superior, quizá porque eso habría supuesto el precedente de reconocer un problema que el Estado no tenía interés en asumir en su conjunto.
No lejos de allí, en Córdoba, el corregidor avisaba que en la ciudad había de trescientas a cuatrocientas putas conocidas. Y no tuvo mejor idea que proponer que cada vecino abonase a las arcas públicas un real para que se habilitase un lugar donde esas mujeres trabajasen, porque "causaban daño a la salud y muchas inquietudes a la justicia y los padres de familia".
Parece ser que su solicitud no fue en absoluto atendida por el respetable.
A Castilla se sabía que bajaban mujeres gallegas y asturianas, disfrazadas de hombres. Mezcladas con las cuadrillas de segadores, hacían negocio por el camino, durante las faenas agrícolas y a la vuelta, a modo de acompañantes y entretenedoras de los grupos.
Se solicitó el control y la represión de estas prácticas, pero hay razonables dudas de que se consiguieran resultados. De 1762 a 1766 se autorizaba, en teoría, sólo a las gallegas, pero siempre que bajasen acompañadas de un familiar. Sin embargo, muy frecuentemente, el pretendido lazo de sangre resultó ser un chulo o una compañera de oficio, más joven, y hacía de hija, o mayor, e iba de madre. Por todo ello, vistos los resultados, la prohibición se extendió a todas.
El obispo de Oviedo, monseñor González Pisador, hizo lo que pudo al respecto, estableciendo normas para que no viajasen mujeres con las recuas de ganado, o que si iban, durmiesen aparte, requisito al que a buen seguro se comprometerían en principio las interesadas. Luego, poco control episcopal podría ejercerse por aquellos caminos y ventas de Dios.
Hay otras curiosas medidas que aparecen tan temprano como 1714, y son reiteradas en 1749, al ordenarse que las putas que sean encontradas haciendo proposiciones de su oficio en plena vía pública, sean apresadas y trabajen, como se hacía con los llamados vagos -muy frecuentemente simples pobres de solemnidad-, a los que se obligaba a alistarse en el ejército. Puede así apreciarse que, frente al criterio de la caridad, más o menos aplicado hasta aquella época, comienza a imponerse el de la economía y el rendimiento de los colectivos marginados.
La opinión que por entonces tenía la Iglesia respecto al amor por dinero que no había pasado por la vicaría, aparece reimpresa durante el siglo en el Manual de Confesores, del padre Azcalgorta, y en Los estragos de la lujuria y sus remedios, del padre Arbiol, donde se asegura que lo más eficaz ante la llamada de la lascivia es la huida, por ser aquél un peligrosísimo combate, donde el que huye resulta vencedor. De todos modos, en este último libro comienza a aparecer un discurso relativamente razonable, más que apocalíptico, al añadir a las consabidas penas de la otra vida algunas en ésta, tales como que "les abrasa a los jóvenes los pensamientos, les quita las virtudes, les anula las voluntades, los hace mentirosos y engañadores, les pone en ignominiosa servidumbre y les oscurece la razón".
Será dicha conjunción de doctrinas morales con el discurso racional o científico algo que se inicia en el siglo iluminador para alejar -intentar alejar, perdón- a los humanos de la fornicación desmesurada.
A propósito de ello, el doctor Andrés Piquer publicó en 1755 un libro intitulado Filosofía Moral para la juventud española. En él trató su autor de cimentar la moral católica sobre bases objetivas y universales, hablando de los apetitos como positivos "sólo cuando los conduce la razón recta y bien dirigida". El pudor y la castidad aparecen en este texto impulsados ya no sólo por la fe y las virtudes, cuya eficacia comienza a cuestionarse al efecto, sino por la racionalidad pujante, a la que se pretende hacer ahora fuente de toda moderación y auténtica controladora del propio cuerpo.
El lector entrado en días recordará, con un leve estremecimiento, que ese mismísimo discurso de la alianza entre la moralidad y ciencia médica fue el que quiso imponerse, disfrazado de objetividad, durante toda la época franquista. Eran aquellos libros y opúsculos moralizadores en los que se hablaba de los espantosos y visibles estragos del desenfreno sexual, de aquellas médulas que se reblandecían casi hasta la licuefacción por mucho masturbarse, o de aquellos rostros arrugados y cuerpos engurruñidos por su inmersión en la lascivia.
Pues bien, a la vertiente moralizadora del Siglo de las Luces debemos el nacimiento de tan aterradoras filípicas, sin olvidar el aspecto fantástico que nunca faltó, porque además se decía que era justo la conducta de la libidinosa raza ibera la que había provocado desastres tales como el mortífero terremoto de 1755, que asoló Lisboa, el litoral atlántico portugués, y un buen retazo de España. Muchos oradores piadosos se encargaron de hacer ver el seísmo como un castigo divino a nuestras licenciosas costumbres.
Rompamos una lanza, sin embargo, a favor de algunos hispanos ecuánimes que, contrarios a las corrientes de su siglo, pretendían hacer del vicio solitario un consuelo contra la falta de compañía, además de una terapia para algunos achaques, como aquel muchacho de quien nos habla Samaniego en El Jardín de Venus, su obra más festiva.
En uno de los poemas del libro aparece un inocente zagal quien, por información de un primo suyo que se lo había recomendado cono remedio, se masturba a más no poder, a fin de aguzarse la vista, que tenía algo deficiente. De su error le sacó de inmediato el confesor nada más escucharle. Termina el poema con las exclamaciones del reverendo que, entre escandalizado y comprensivo, asegura:

...¡Todo es mentira!
¡Si fueran ciertos esos formularios,
las pulgas viera yo en los campanarios!

La historia de la legislación y demás medidas contra la prostiución es la historia de un rosario de fracasos.A propósito de Samaniego, no sobra recordar que el espíritu inquisidor, disfrazado esta vez, no de ciencia, sino de crítica literaria objetiva, surge en pleno siglo XX como resabio mojigato del saber más reaccionario.
Es al nombrar a ese autor cuando Rogelio Reyes, profesor de la Universidad de Sevilla, en Poesía española del Siglo XVIII, (Ediciones Cátedra, Madrid, 1988) apunta que "...Samaniego cultivó también una poesía erótica de escaso valor, casi clandestina, de fuerte desenfado sexual y tonos anticlericales..." Así, minimizando su valía, quiere anular el pío estudioso un buen puñado de los más graciosos y significativos poemas del XVIII. Poemas impecables en la forma, y magníficos para conocer los entresijos sociales de la época, más que todos los volúmenes juntos de reflexiones moralizantes que escribieron las ordenes religiosas criticadas por el lúcido escritor alavés. Y toda esa descalificación para intentar arrojar sobre los versos del ilustrado "...el viento del olvido, que cuando sopla, mata", como se quejó Luis Cernuda, por cierto otro sevillano, en un soberbio poema dedicado a los de su tierra.
De todas formas, en este siglo o en aquél, nada parecía detener el impulso malsano de la fornicación extralegal de pago. La historia de la legislación y demás medidas contra la prostiución es la historia de un rosario de fracasos. Aparte del referido culto a Onán -san Onán, para los íntimos, verdadero patrón de España según sesudos tratadistas-, las putas seguían campando por sus respetos, por ejemplo en Madrid, en puntos tan neurálgicos como la Puerta del Sol, lugar donde por la noche solían "hacer el corro de las mozas", casi como hoy día por las calles adyacentes al lugar. De la capital del reino sabemos nombres, precios y demás detalles sobre el amor mercenario gracias a otro libro también silenciado por la mojigatería oficial: El arte de las putas, un curiosísimo texto de Nicolás Fernández de Moratín. Es fama además que en aquellos versos, aparte de su posible experiencia personal, se inspiró Goya para realizar algunos de los Caprichos de su serie.


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