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"Putas de España".
Nuestra poco ilustrada prostitución
de Joaquina García de Fagoaga
Muy minoritario resultó
el fenómeno de la Ilustración en España.
Iba desde algunas salas del Palacio Real a las recién
fundadas Sociedades Económicas de Amigos del
País, pasando por poquísimos conventos,
un pequeño número de nobles, algunos caballeros,
escasos cargos públicos y casi nadie de la exigua
burguesía ciudadana que por entonces comenzaba
a surgir.
Así mismo, la policía fronteriza seguía
extremadamente rigurosa con todos los papeles, encuadernados
o no, que cruzaban caminos o desembarcaban en puerto.
Y al no ser aún tiempo de teléfonos, ni
siquiera de diarios de opinión, ésta tardaba
meses o años, si es que lo hacía, en llegar
a todos los rincones de un país fragoso en el
relieve y desconfiado en su proceder.
Nunca tuvo más razón Ortega y Gasset cuando
aseguraba que "nos faltó el siglo educador",
el que sí tuvo lugar en otros países de
este lado de Europa. Lamentables acabarían siendo
las consecuencias de dicha merma, que íbamos
a notar -y aún las notamos- en detalles tales
como las guerras carlistas, la última guerra
civil, el poder y cerrilidad del clero con boina, nuestro
masivo desprecio a los estudios y, en fin, la escandalosa
ausencia de nombres
hispanos en los libros de ciencia, ese verdadero santoral
de gentes que han dado su trabajo y su vida por el bienestar
de la humanidad, y encima sin esperar ningún
tipo de Campos Elíseos de ultratumba, sino sólo
por querer hacer más transitable el reino de
este mundo.
La prostitución no aumentó ni descendió
durante el balbuceo de las ideas razonables en la España
del XVIII, porque buenas voluntades y leyes benéficas
se estrellaban contra un muro de rancia tradición
machista y ultramontana donde las mujeres seguían
dividiéndose en esposas y putas.
La escasa influencia de la Ilustración entre
nosotros se plasmó en unas decenas de poblaciones
de nueva planta, ciertas publicaciones tímidas
a favor del raciocinio y contra la intransigencia, y
un inicio regio de la sistematización de las
finanzas y de las ciencias positivas.
Quizá no podía ser de otra manera en una
tierra donde diez millones aproximados de habitantes
sustentaban a más de un millón entre nobles,
clérigos de variada graduación, hidalgos
y demás prebendados exentos de impuestos y fuera
del alcance de la jurisdicción ordinaria. Recordemos
que clero y nobleza tenían sus propios jueces
y presidios, elegidos y sostenidos por ellos mismos,
por lo que tampoco debe olvidarse la indelicada pero
certera reflexión de que "quien a sí
mismo se capa, buenos cojones se deja".
Con tal estado de cosas vendría a terminar del
todo o en buena parte la Revolución Francesa,
de la que sólo se nos recuerda la sanguinaria
guillotina entre los aullidos de los parisinos desarrapados,
todo lo cual, aunque cierto, no fue sino un aspecto
casi marginal de un movimiento que trajo a Europa la
unidad de jurisdicciones, la división de poderes,
la elección de mandatarios y el concepto de nación,
casi tal y como lo entendemos hoy.
En España seguía además activo
un piadoso organismo llamado Inquisición, que
tanto bien nos había proporcionado haciendo que
medio país desconfiara del otro medio, evadiendo
enormes sumas de dinero hacia Roma en forma de limosnas
e indulgencias, encumbrando la hipocresía y la
mediocridad en el pensamiento nacional, tostando a unos
cuantos recalcitrantes y haciendo huir a buen número
de nuestros mejores cerebros.
Cierto que el bondadoso tribunal ya no quemaba como
antes, aunque no fuese más que por agotamiento
de material combustible, pero sí se habían
acentuado sus funciones de policía del pensamiento,
y entre ellas estaba el control de lecturas y reuniones
donde se cuestionase el origen divino de la autoridad,
cosa que desde las epístolas de san Pablo no
podía ponerse en duda.
El número de miembros del clero, que a finales
del XVIII era como decíamos considerable, había
dado lugar a numerosas coplillas irreverentes. Y no
pocas relacionadas con las putas. Casi ninguna de esas
florecillas líricas ha podido atravesar los filtros
de la censura. Sólo una pocas han llegado a nuestros
días, y entre ellas llama la atención
la siguiente, que relaciona -sin prueba alguna, claro
está- la abundancia de hábitos y sotanas
con el número de niños expósitos:
Tanto cura, tanto
cura,
tanto puñetero fraile,
tanta monja de clausura,
tanto chiquillo sin padre.
(Anónimo, finales del s. XVIII)
CONTINÚA EL RIGOR... EN TEORÍA
Ya se sabe que aquello que se prohibe
mucho es porque se hace mucho.
Una de las formas más seguras de averiguar lo
que ocurría en el pasado es repasar la legislación
de época y ver con qué persistencia y
rigor se castigaba una actividad ilícita. Podemos
estar seguros de que, a mayor dureza, más ocurría
el correspondiente delito.
Las mancebías habían sido vetadas repetidamente
de forma oficial en el siglo anterior, para variar,
pero eran años de crisis, -si es que algunos
no lo fueron en España-, y el placer carnal era
barato, dadas las muchas criaturas desheredadas y sin
oficio que vivían de la caridad. Pocas veces
debió ser más cierta la copla que en los
años sesenta de este siglo cantaba y aún
canta José Menese (y que sea por muchos años,
maestro):
Pobrecito del que come
el pan en la mano ajena,
siempre mirando a la cara,
si la ponen mala o buena.
La
primera medida legal contra la prostitución que
se conserva del siglo XVIII está dictada por
el Consejo de Castilla en 1704, esto es, a comienzos
del reinado de Felipe V, por entonces rey de media España,
porque no olvidemos que la otra media estaría
aún durante diez años por el archiduque
Carlos, durante una más de nuestras guerras civiles,
ésta llamada de Sucesión.
Tal decreto quería atajar la proliferación
del negocio en plena calle, a la luz del día
y ante los ojos de criaturas inocentes o escandalizadas.
Se ordenaba sencillamente la "reclusión
de todas las mujeres perdidas que existen en los paseos
públicos, causando nota y escándalo."
Está claro que debían ser no solo muchas,
sino que ejercerían descarada y certeramente
sus artes en aquellos lugares.
Bastante de ello habría cuando lo cuenta un viajero
holandés, que visitó España hacia
1700 y publicó posteriormente en Amsterdam la
relación de su periplo. Entre otros detalles
antropológicos hablaba de los cinco o seis refajos
que llevaban -uno encima del otro- generalmente las
mujeres, de su amor por los abalorios tales como punzones,
anillos u horquillas, así como de las "casas
de respeto" para los amancebados, a los que por
entonces también se daba el nombre de "casados
a media casta".
Y es que las casas de citas, híbridas entre la
prostitución y el simple engaño marital,
siempre han tenido buena aceptación en países
de moral estricta como el nuestro
El observador viajero añadía que "en
cuanto a las esposas, ellas son tan esclavas de ellos
como ellos lo son de sus queridas o amigas" También
hablaba del alto nivel de infección, entre otros
motivos porque aún se mantenía en España
la espeluznante concepción barroca de ser entonces
gran prueba de amor el unirse a un ser amado infecto
y lleno de pústulas.
En Sevilla -ciudad que aún no había digerido
la pérdida del monopolio del comercio de Indias,
en favor de Cádiz-, la prostitución había
abandonado el barrio de El Arenal, tras el cierre gubernativo
de las casas de citas, y se había trasladado
a la Alameda de Hércules, lugar donde aún
campa por sus respetos el oficio, como cualquier viajero
podrá observar, sobre todo si pasa por ella desde
que la luz del día no permite distinguir un hilo
blanco de uno negro, como se dice en Las Mil y una Noches.
La Alameda fue primero brazo del río y luego
laguna, desecada en el siglo XV por el Conde de Barajas,
quien, buscando un lugar de público solaz en
una ciudad sequerona y escasa de parques, construyó
un lindo paseo que terminó en lugar de encuentros
para pícaros, putas y rufianes.
Posteriormente, el muy ilustrado don Pedro de Olavide,
durante unos años asistente de la ciudad, llevó
a cabo obras para un hospital municipal entre cuyas
funciones entraba recoger a las prostitutas enfermas.
Tras buscar entre corrales de vecinos, casonas y palacios
venidos a menos, el lugar escogido fue el edificio de
El Corral de la Laguna, donde por entonces la autoridad
custodiaba a "las gitanas que no ha reclamado la
justicia de sus respectivos pueblos".
En cuanto a Madrid, que era ya la ciudad mayor del reino,
tenía a mediados del XVIII más de setecientos
burdeles censados, y la legislación municipal
contra ellos no hacía más que repetirse
con monótona ineficacia.
En las demás grandes urbes del país el
panorama no era mucho más halagüeño:
Cádiz, con su puerto mucho más apto que
Sevilla para los modernos navíos de más
tonelaje, acababa de alzarse, como anotamos antes, con
el monopolio del comercio de Indias. El aumento de la
actividad portuaria y financiera trajo un inmediato
incremento de la prostitución. De siempre se
ha sabido que los puertos son lugares perfectos para
el amor mercenario: ¿Dónde si no se encontrará
un continuo enjambre de hombres con dinero fresco y
pocos días para gastarlo, tras la sequía
amorosa de las largas travesías?
Se tienen noticias de una redada en las que el gobernador
de la ciudad, un tal Bucarelli, apresó a unas
ciento cincuenta meretrices. A renglón seguido,
el celoso funcionario propuso crear un hospicio para
aquellas mujeres. Pero su ruego no fue atendido por
la autoridad superior, quizá porque eso habría
supuesto el precedente de reconocer un problema que
el Estado no tenía interés en asumir en
su conjunto.
No lejos de allí, en Córdoba, el corregidor
avisaba que en la ciudad había de trescientas
a cuatrocientas putas conocidas. Y no tuvo mejor idea
que proponer que cada vecino abonase a las arcas públicas
un real para que se habilitase un lugar donde esas mujeres
trabajasen, porque "causaban daño a la salud
y muchas inquietudes a la justicia y los padres de familia".
Parece ser que su solicitud no fue en absoluto atendida
por el respetable.
A Castilla se sabía que bajaban mujeres gallegas
y asturianas, disfrazadas de hombres. Mezcladas con
las cuadrillas de segadores, hacían negocio por
el camino, durante las faenas agrícolas y a la
vuelta, a modo de acompañantes y entretenedoras
de los grupos.
Se solicitó el control y la represión
de estas prácticas, pero hay razonables dudas
de que se consiguieran resultados. De 1762 a 1766 se
autorizaba, en teoría, sólo a las gallegas,
pero siempre que bajasen acompañadas de un familiar.
Sin embargo, muy frecuentemente, el pretendido lazo
de sangre resultó ser un chulo o una compañera
de oficio, más joven, y hacía de hija,
o mayor, e iba de madre. Por todo ello, vistos los resultados,
la prohibición se extendió a todas.
El obispo de Oviedo, monseñor González
Pisador, hizo lo que pudo al respecto, estableciendo
normas para que no viajasen mujeres con las recuas de
ganado, o que si iban, durmiesen aparte, requisito al
que a buen seguro se comprometerían en principio
las interesadas. Luego, poco control episcopal podría
ejercerse por aquellos caminos y ventas de Dios.
Hay otras curiosas medidas que aparecen tan temprano
como 1714, y son reiteradas en 1749, al ordenarse que
las putas que sean encontradas haciendo proposiciones
de su oficio en plena vía pública, sean
apresadas y trabajen, como se hacía con los llamados
vagos -muy frecuentemente simples pobres de solemnidad-,
a los que se obligaba a alistarse en el ejército.
Puede así apreciarse que, frente al criterio
de la caridad, más o menos aplicado hasta aquella
época, comienza a imponerse el de la economía
y el rendimiento de los colectivos marginados.
La opinión que por entonces tenía la Iglesia
respecto al amor por dinero que no había pasado
por la vicaría, aparece reimpresa durante el
siglo en el Manual de Confesores, del padre Azcalgorta,
y en Los estragos de la lujuria y sus remedios, del
padre Arbiol, donde se asegura que lo más eficaz
ante la llamada de la lascivia es la huida, por ser
aquél un peligrosísimo combate, donde
el que huye resulta vencedor. De todos modos, en este
último libro comienza a aparecer un discurso
relativamente razonable, más que apocalíptico,
al añadir a las consabidas penas de la otra vida
algunas en ésta, tales como que "les abrasa
a los jóvenes los pensamientos, les quita las
virtudes, les anula las voluntades, los hace mentirosos
y engañadores, les pone en ignominiosa servidumbre
y les oscurece la razón".
Será dicha conjunción de doctrinas morales
con el discurso racional o científico algo que
se inicia en el siglo iluminador para alejar -intentar
alejar, perdón- a los humanos de la fornicación
desmesurada.
A propósito de ello, el doctor Andrés
Piquer publicó en 1755 un libro intitulado Filosofía
Moral para la juventud española. En él
trató su autor de cimentar la moral católica
sobre bases objetivas y universales, hablando de los
apetitos como positivos "sólo cuando los
conduce la razón recta y bien dirigida".
El pudor y la castidad aparecen en este texto impulsados
ya no sólo por la fe y las virtudes, cuya eficacia
comienza a cuestionarse al efecto, sino por la racionalidad
pujante, a la que se pretende hacer ahora fuente de
toda moderación y auténtica controladora
del propio cuerpo.
El lector entrado en días recordará, con
un leve estremecimiento, que ese mismísimo discurso
de la alianza entre la moralidad y ciencia médica
fue el que quiso imponerse, disfrazado de objetividad,
durante toda la época franquista. Eran aquellos
libros y opúsculos moralizadores en los que se
hablaba de los espantosos y visibles estragos del desenfreno
sexual, de aquellas médulas que se reblandecían
casi hasta la licuefacción por mucho masturbarse,
o de aquellos rostros arrugados y cuerpos engurruñidos
por su inmersión en la lascivia.
Pues bien, a la vertiente moralizadora del Siglo de
las Luces debemos el nacimiento de tan aterradoras filípicas,
sin olvidar el aspecto fantástico que nunca faltó,
porque además se decía que era justo la
conducta de la libidinosa raza ibera la que había
provocado desastres tales como el mortífero terremoto
de 1755, que asoló Lisboa, el litoral atlántico
portugués, y un buen retazo de España.
Muchos oradores piadosos se encargaron de hacer ver
el seísmo como un castigo divino a nuestras licenciosas
costumbres.
Rompamos una lanza, sin embargo, a favor de algunos
hispanos ecuánimes que, contrarios a las corrientes
de su siglo, pretendían hacer del vicio solitario
un consuelo contra la falta de compañía,
además de una terapia para algunos achaques,
como aquel muchacho de quien nos habla Samaniego en
El Jardín de Venus, su obra más festiva.
En uno de los poemas del libro aparece un inocente zagal
quien, por información de un primo suyo que se
lo había recomendado cono remedio, se masturba
a más no poder, a fin de aguzarse la vista, que
tenía algo deficiente. De su error le sacó
de inmediato el confesor nada más escucharle.
Termina el poema con las exclamaciones del reverendo
que, entre escandalizado y comprensivo, asegura:
...¡Todo es mentira!
¡Si fueran ciertos esos formularios,
las pulgas viera yo en los campanarios!
A
propósito de Samaniego, no sobra recordar que
el espíritu inquisidor, disfrazado esta vez,
no de ciencia, sino de crítica literaria objetiva,
surge en pleno siglo XX como resabio mojigato del saber
más reaccionario.
Es al nombrar a ese autor cuando Rogelio Reyes, profesor
de la Universidad de Sevilla, en Poesía española
del Siglo XVIII, (Ediciones Cátedra, Madrid,
1988) apunta que "...Samaniego cultivó también
una poesía erótica de escaso valor, casi
clandestina, de fuerte desenfado sexual y tonos anticlericales..."
Así, minimizando su valía, quiere anular
el pío estudioso un buen puñado de los
más graciosos y significativos poemas del XVIII.
Poemas impecables en la forma, y magníficos para
conocer los entresijos sociales de la época,
más que todos los volúmenes juntos de
reflexiones moralizantes que escribieron las ordenes
religiosas criticadas por el lúcido escritor
alavés. Y toda esa descalificación para
intentar arrojar sobre los versos del ilustrado "...el
viento del olvido, que cuando sopla, mata", como
se quejó Luis Cernuda, por cierto otro sevillano,
en un soberbio poema dedicado a los de su tierra.
De todas formas, en este siglo o en aquél, nada
parecía detener el impulso malsano de la fornicación
extralegal de pago. La historia de la legislación
y demás medidas contra la prostiución
es la historia de un rosario de fracasos. Aparte del
referido culto a Onán -san Onán, para
los íntimos, verdadero patrón de España
según sesudos tratadistas-, las putas seguían
campando por sus respetos, por ejemplo en Madrid, en
puntos tan neurálgicos como la Puerta del Sol,
lugar donde por la noche solían "hacer el
corro de las mozas", casi como hoy día por
las calles adyacentes al lugar. De la capital del reino
sabemos nombres, precios y demás detalles sobre
el amor mercenario gracias a otro libro también
silenciado por la mojigatería oficial: El arte
de las putas, un curiosísimo texto de Nicolás
Fernández de Moratín. Es fama además
que en aquellos versos, aparte de su posible experiencia
personal, se inspiró Goya para realizar algunos
de los Caprichos de su serie.
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