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Sistemas electorales
de Juan Patricio Lombera
Llevo ya 13 años viviendo en este
país y siempre, salvo en una ocasión que
me surgió un viaje de última hora, he
votado en las elecciones españolas. De hecho,
he votado más veces aquí en España
que en México. Intenté hacerlo en las
anteriores elecciones presidenciales de mi país
natal, pero después de acercarme a la embajada
me di cuenta de que no sería posiblehacerlo a
distancia. El problema es que perdí en su día
mi credencial de elector. Según la embajada para
poder votar tenía que ir a México, sacarme
una nueva credencial y entonces sí volver a España
darme de alta en el censo y entonces votar a distancia.
Para eso ya mejor me quedaba un rato en México
y votaba ahí. En fin cosas de la burocracia.
Sin embargo, más que andar revelando pasajes
de mi vida, lo que me interesa en este y quizá
otros artículos es hablar de diversos sistemas
electorales. Empezaré, por ello, con los que
mejor conozco que son el español y el mexicano.
Siendo que la democracia, en mi país natal, está
todavía en proceso de construcción, iniciaré
hablando del sistema electoral español que ya
está completamente asentado. Antes de empezar,
sin embargo, me gustaría resaltar el hecho de
que los dos principales partidos siempre hablan de que
hay que reformarlo pero, una vez que llegan al poder,
descubren las bondades del sistema y ya no vuelven a
tocar el tema hasta que son destronados. La razón
es muy sencilla. El sistema favorece ampliamente al
vencedor.
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Aquí en España, predomina
la famosa ley dHont mediante la cual de los 350
diputados 102 se reparten entre las 50 provincias españolas
(2 por provincia) y las dos ciudades autónomas
que se llevan una cada una. Esto explica porque una
comunidad más despoblada como Castilla y León
tiene más diputados que Galicia, ya que tiene
el doble de provincias. A partir de ahí el resto
de los diputados se reparten conforme a la población
de cada provincia, pero siempre favoreciendo el voto
rural por encima del urbano con el fin de que las comunidades
autónomas donde hay mayor población por
tener grandes ciudades no eclipsen totalmente a las
más pequeñas. Por poner un ejemplo, las
Comunidades Autónomas de Andalucía, Cataluña
y Madrid reúnen a casi el 50% de los habitantes
del país y, sin embargo, sólo tienen 143
diputados lo que representa un 40% del total de congresistas.
A diferencia de otros sistemas electorales donde se
divide el país en tantos distritos como diputados
hagan falta, aquí cada provincia es un distrito
electoral con un número variable (según
la población) de diputados en juego. Los resultados
de cada partido se dividen por dos tantas veces como
sea necesario y a partir de ahí se designan los
diputados en función de las cifras más
altas. Esto se hace así para evitar, como ocurre
en los sistemas de distritos electorales que, por un
voto se pierda la diputación y que un partido
pueda hipotéticamente hacerse con todos los escaños
del parlamento. En el caso español el reparto
de los escaños está asegurado. La composición
de la Cámara es muy importante, ya que son los
diputados (no los electores) quienes van a elegir al
presidente de aquella formación que logre, por
si sola o en alianza con otras, reunir a la mayoría
de los diputados.
Una vez que hemos visto el mecanismo y las ventajas
del sistema pasemos a sus defectos que, desafortunadamente,
son muchos. En primer lugar, el elector de nuestro país
no elige al diputado de su circunscripción sino
al partido que quiere que se lleve la mayor cantidad
de diputados de su provincia. Los partidos políticos
presentan un listado cerrado de nombres en función
de los diputados en juego en la provincia. Si en la
provincia se eligen a 5 diputados, el listado tendrá
5 nombres amen de los reservistas. Normalmente, el elector
solo conoce al cabeza de lista y quizá al segundo
y no sabe quienes son el resto de los candidatos. Estos,
por su parte, no realizan ninguna campaña a favor
de su candidatura y se cobijan en la popularidad del
líder cabeza de lista con la esperanza de que
su partido obtenga los suficientes escaños para
que, por ejemplo, ellos también sean electos
diputados. Si se está en el tercer lugar de la
lista del partido, se desea fervientemente que el partido
obtenga por lo menos 3 escaños . Ahora bien,
estas listas cerradas en las que solo se conoce al cabeza
de lista provocan que los electores no sepan quiénes
son sus representantes a los que dirigirse en caso de
problemas, a diferencia de lo que ocurre en otros países
donde se sabe perfectamente quién es el diputado
de su distrito y se tiene total acceso a él en
caso de necesidad. No sólo eso, la representatividad
de nuestros diputados es muy limitada por no decir nula.
De ahí que los partidos se sientan poseedores
del escaño de la cámara más que
el propio diputado que lo ostenta. A fin de cuentas,
el diputado está ahí no por sus meritos
personales, no por los votos conseguidos por sí
mismo, sino porque así lo quiso el partido. De
ahí también que, pese a ser considerados
representantes del pueblo, estén los diputados
sujetos a la terrible disciplina de partido que establece
que el representante popular debe decir amén
a todo lo que diga la cúpula de su partido independientemente
de que sea bueno o malos para sus electores. De ahí,
finalmente, que no haya fisuras cuando se votan, por
ejemplo, la participación de España en
una guerra injusta o el alza de impuestos al pueblo
llano en tiempos de crisis. El diputado tiene la obligación
de obedecer a su partido y si no que se atenga a las
consecuencias y castigos que le tocarán. ¡Ay
de aquel que no lo haga así! Como decía
un amigo en broma:Para eso, mejor sería
que sólo se presentasen los portavoces parlamentarios
y su voto valiese por el de todos sus compañeros
de partido. Se ahorraría mucho tiempo y muchos
salarios de esta manera. Por ello, los partidos
no quieren reformar el sistema electoral ya que este,
les permite contar con la obediencia ciega de sus diputados
y hacer lo que les venga en gana. Se trata de un sistema
caudillista cuyo mayor defecto son sus resultados finales.
Si el partido gobernante tiene mayoría absoluta
pierde toda cordura y acaba imponiendo sus peores desvaríos
sin atender a razones. Pero tampoco mejora la situación
si el vencedor no obtiene la mayoría absoluta.
Como los electores no somos los que elegimos al presidente
sino los diputados, es necesario conformar una mayoría
mediante alianzas tanto para conseguir la investidura
del candidato como para sacar adelante los proyectos
de ley que presentará en los siguientes años.
En ese momento, los liliputienses cainitas (véanse
partidos nacionalistas) toman su revancha de las elecciones
y hacen valer a precio de oro sus pocos diputados. Se
establece una especie de chantaje electoral en el que
el partido pequeño establece una serie normalmente
desmedida de condiciones para que el grande cuente con
su apoyo, ya que sin la cifra mágica de 176 diputados
no se puede gobernar. En ese sentido se han visto todo
tipo de alianzas antinatura y milagros como el repentino
don de lenguas de José María Aznar quien,
contra todo pronosticó, pasó del puyol,
enano, habla castellano a parlar catalá
en la intimidad. En las comunidades autónomas
se han visto prodigiosas trasmutaciones de resultados
electorales, siendo el que queda segundo el que acaba
gobernando por el odio que le tiene el tercer partido
en discordia al vencedor. Sin embargo, el caso más
inverosímil se dio hace unos años en Cantabria,
donde el PP se quedó a dos escaños de
la mayoría absoluta. Los socialistas, viendo
la posibilidad de gobernar buscaron un pacto con el
tercer partido quien, a su vez , también quería
gobernar. Pues bien, con tal de que no gobernará
el PP, los socialistas aceptaron proclamar al candidato
del partido perdedor como Presidente de la Comunidad.
Como bien dice la parábola bíblica: los
últimos serán los primeros.
Estas alianzas antinatura acaban entorpeciendo el proceder
del partido gobernante y generan gran desilusión
entre los electores. Sería muy fácil acabar
con este problema. Tan solo haría falta que el
presidente fuese elegido en una papeleta aparte y que
no necesitase el apoyo de una mayoría estable
en la cámara para gobernar. En lugar de buscar
grandes pactos de gobernabilidad, el mandatario tendría
que buscar microalianzas para la aprobación de
cada una de las leyes. De esta forma podría pactar
algunas reformas con unos partidos y otras con otros
dándole mayor flexibilidad. Pero claro, para
que esto fuese posible sería necesario, antes,
eliminar la nefasta disciplina de partido y dejar a
los diputados votar libremente. Dejarlos ser auténticos
representantes del pueblo.
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