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Historias de la jodida crisis II
de Juan Patricio Lombera
Los periódicos
de este último día del año coinciden
en señalar que el 2008 ha sido un pésimo
año para las bolsas mundiales. Lo peor del caso
es que ningún hecho nos permite aún vislumbrar
el final de esta crisis universal. Por ahora, sólo
hemos oído aseveraciones patrioteras y que pronto
se han descubierto falsas sobre la fortaleza de algunas
economías o mitos urbanos sobre la intocabilidad
de los países emergentes ante esta situación.
Es cierto que, por primera vez en la historia, esta
crisis se ha abordado de forma conjunta en distintos
foros internacionales. Ahí están todas
las cumbres habidas hasta ahora, entre ellas la tan
famosa de Washington, a la que Zapatero logró
asistir a base de mendigar uno de sus asientos a Sarkozy.
Pero, independientemente de los avances que se pudieran
conseguir en estas reuniones, la impresión que
dejan de cara a la opinión pública es
que tan sólo se citaron para demostrarle a la
gente que sí se preocupan aunque no hayan avanzado
en casi nada.
Por
otra parte, si bien y sin que sirva de precedente, un
alto cargo entonó el mea culpa, por las políticas
que adoptó y que incidieron directamente en la
gestión de esta crisis, el hecho es que vivimos
en un mundo de la impunidad absoluta para unos cuantos.
Fraudes del tipo Maldoff, quien por cierto ya tiene
un cadaver en su conciencia, se han estado repitiendo
en todas las latitudes durante los últimos años.
Algún experto acusa directamente a los políticos
porque ya sabían el desastre que se avecinaba
con anterioridad y no tomaron medidas de control, pero
como van estos a emprender acciones contra sus verdaderos
amos. En efecto, vivimos en un mundo en el que el verdadero
poder se comparte por un puñado de Presidentes
(que se pueden contar con los dedos de una mano, y quizá
eso es excesivo también), dos grandes instituciones
financieras y un selecto grupo de grandes empresarios.
A fin de cuentas, son esos grandes empresarios y portentados
del mundo de las finanzas quienes les pagan sus ostentosas
campañas electorales a los políticos y
eso implica forzosamente una servidumbre y deudas que
indudablemente acaban pagándose. Mientras que
siga fluyendo el efectivo se podía seguir especulando
sobre la futura miseria. A cambio, los políticos
también pueden hacer lo que les venga en gana
sin castigo alguno por parte de sus amos. Un ejemplo
muy claro de esa impunidad es la del expresidente del
Banco Mundial, quien le dio aumentos excesivos a su
novia violando así las normas de la institución.
En este caso no hubo duda alguna sobre el comportamiento
ilícito del personaje, pero su castigo fue, pese
a las reticencias del propio Bush que lo apoyó
hasta el fin, el cese del cargo, nada más. La
sociedad civil, por ahora, tan sólo puede expresar
su indignación frente a ciertas desiciones, pero
como sigue atribuyéndole el peso que no tiene
a los políticos, rara vez hace actos de rechazo
a las multinacionales y a las instituciones financieras,
cuyos dirigentes ni siquiera son electos por el pueblo.
Dicho sea de paso, ¿donde estaban los expertos
del FMI-Banco Mundial tan adictos a dar consejos-ordenes,
en los momentos en que se fraguaba la crisis? En un
mundo en el que una casta superior de gobernantes políticos,
financieros y grandes empresarios- tiene la impunidad
asegurada y representa el ejemplo a seguir, es normal
que surjan imitadores o candidatos a sucederles en el
cargo y que se valgan de los mismos medios. Al generalizarse
la corrupción y la mentira y al carecerel sistema,
en el fondo, de valores, acaban resintiéndose
todos sus cimientos ya que se basa en gran medida en
la confianza que suscita entre sus inversores.
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