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Doscientos
años ya desde que vino al mundo Poe en Boston,
Massachusetts, y no se le nota la más mínima
arruga en la cara. Dicho sea entre nosotros, y sin ánimo
de faltar, pero lo cierto es que los psicópatas
se conservan siempre muy bien, y don Edgar Allan Poe fue
un psicópata de tomo y lomo. Cortázar, que
lo trató mucho y muy de cerca, pues tradujo su
obra completa al castellano por encargo de nuestro gran
Francisco Ayala, lo dejó dicho en letras de molde:
"Poe ignora el diálogo y la presencia del
otro, que es el verdadero nacimiento del mundo. En el
fondo tampoco le interesa que le comprendan los seres
a los que ama: le basta con que le quieran y protejan."
Si eso no es ser un narcisista límite, o sea, un
psicópata, que venga el doctor Freud y me convenza
de lo contrario.
Lo que ocurre es que a la buena literatura le da absolutamente
lo mismo que quien la escriba tenga buenos o malos sentimientos,
sea capaz de descargar el hacha varias veces con furibunda
saña sobre su abuelita o haya fundado varias leproserías
en Bangla Desh con derecho a abusar de las enfermeras,
televisión y aire acondicionado. La literatura
se sitúa siempre al margen de la moral. Pueden
escribirla extraordinarios hombres ordinarios como Cervantes
o Shakespeare, niños mimados por la sociedad de
su época como Sófocles o Voltaire, buenísimas
personas como Robert Louis Stevenson o auténticos
canallas como Edgar Allan Poe (quien, entre otras lindezas,
defendía la muerte de la mujer joven y bella como
el espectáculo más grandioso de la estética
universal). Con todo ello, gracias a Poe (y a Baudelaire,
su traductor al francés, que también era
un punto filipino, aunque no venga al caso) las letras
del planeta Tierra posteriores a su muerte son como son,
porque no hay género literario contemporáneo
que no derive, de una u otra manera, de la obra del bostoniano.
Desde Melville, que rinde culto en Moby Dick al
extraño ser de intensa blancura que aparece al
final de Arthur Gordon Pym, hasta Lovecraft, cuyas
criaturas innombrables proceden de las pesadillas del
autor de Ligeia, por citar tan sólo dos
nombres de la interminable lista de deudores de Poe, la
literatura mundial de las dos últimas centurias
depende de las invenciones, en prosa y en verso, del inmenso
escritor e insoportable ciudadano que murió en
Baltimore en 1849, víctima de sus propios excesos,
dando un respiro a su pobre suegra, a quien tanta lata
le había dado mientras vivió.
Con
ocasión del segundo centenario del nacimiento (o
por las buenas, que no hay que buscar justificación
a lo que es justo y necesario a priori), la alegre
pandilla de Ediciones Irreverentes a la que me honro en
pertenecer se ha planteado rendir al maravilloso psicópata
un homenaje de campanillas, reeditando una antología
de sus textos y redactando ad hoc sobre cada uno
de ellos variaciones textuales o, por mejor decir, recreaciones
de primerísimo interés. Los autores que
participan en este extraordinario e irreverente Poeficcionario
han optado por cinco líneas de creación
distintas, que paso a enumerar a continuación.
La primera sería el exotismo. Lo encontramos en
el relato de Sasi Alami, que convierte al muchacho enamorado
de su prima en un amante de las geishas de piel blanquísima
y en un coleccionista compulsivo de revistas con fotografías
de jóvenes niponas desnudas en casas de té,
y en el relato de Isaac Belmar, que acerca el terror clásico
a la serie negra, sobre el rítmico fondo de
El cuervo, ese prodigio poético insuperable.
Constituiría la segunda línea una modernización
de circunstancias, siempre desde el respeto por el autor
y su creación original. Lo vemos en el texto de
Santiago García Tirado, con un cierto aire dandy,
al cambiar la Muerte Roja por el Mal. O en el de Álvaro
Díaz Escobedo, más clásico, que,
dando un paso más en el camino iniciado por Goya,
llega a la conclusión de que la imaginación
no sólo crea monstruos mentales, sino que los transfiere
a la realidad. O en el de Vicente Castro, que plantea
el gran tema de la humanidad: escapar de la muerte. O
en el de Raúl Hernández Garrido, que mantiene
el motivo central de La caída de la casa Usher,
pero nos recuerda que ahora los motivos son otros: la
dinamita del terrorismo o los oscuros intereses del promotor
inmobiliario.
La tercera línea se ubicaría entre el esperpento
y el humor negro y estaría representada por el
capo de Irreverentes, el escritor Miguel Ángel
de Rus, mostrándonos que el criminal de El corazón
delator sería un aprendiz en la actualidad,
debido a los avances de los medios de comunicación.
También incluiría en este apartado a Francisco
Legaz, que nos ilustra acerca de la muerte a distancia
propiciada, con espantosa sangre fría, por los
nuevos planteamientos tecnológicos; a Javi J. Palo,
que nos devuelve a los grandes terrores del pasado, y
a Manuel Villa-Mabela, que convierte El entierro prematuro
en un relato de humor negro en el que sexo y muerte
se funden, con el sadismo cutre propio de nuestra época.
Es la línea dura del libro, la de quienes piensan
que, ahora, en un momento en que muchos psicópatas
son encumbrados y admirados por la sociedad, los desequilibrios
de Poe resultarían un juego para niños,
porque ya se sabe que todo es susceptible de empeorar.
La cuarta sería una línea intimista y estaría
representada por Alicia Arés, que hace suya la
búsqueda de la perfección por parte del
protagonista de Annabel Lee, asumiendo que eso
de perseguir la perfección espiritual es motivo
de befa en nuestros lamentables días.
La crítica social presidiría la quinta y
última línea de este Poeficcionario.
José Manuel Fernández Argüelles introduce
en El barril de amontillado una innovación
heterodoxa, pues la protagonista de su recreación,
manteniendo la venganza como eje argumental, es una prostituta
llamada "la Montilla" y quien debe recibir el
castigo es ni más ni menos que un juez. El barril
de amontillado es también el subtexto del relato
de Juan Patricio Lombera, en el que se nos dice que el
odio conduce a la venganza, y que ésta es la justicia
de quien no recibe justicia por parte de la sociedad.
Pasen y lean, pues, los textos que la familia Irreverente
ha reunido en honor de ese genio de las letras universales
y psicópata sin fisuras que se llamó Edgar
Allan Poe. Lo van ustedes a pasar en grande buceando en
las profundidades del horror.
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