Artículo
de Antonio López Alonso, decano de la Facultad
de Medicina de Alcalá de Henares y autor de Carlos
II El Hechizado (Ediciones Irreverentes), publicado
en el Diario El Mundo.
Cuando
murió, el 1 de noviembre del año 1700,
Carlos II no tenía ni siquiera 39 años.
Parecía una anciano de 90. La enfermedad se ensaña
con el cuerpo biológicamente inerte, y el último
Austria fue sufriendo año tras año diferentes
grupos morbosos que hicieron de su vida la de un personaje
huidizo y melancólico. Un desecho de hombre.
Los años que vivió se injertaron en su
mundo de una manera rápida, fulminante. Cada
año multiplicado por 10. Raquitismo, trastornos
gastrointestinales, hidropesía... En realidad,
lo sorprendente no es que muriera con menos de 39 años
y apariencia de anciano, sino que llegase a vivir esos
casi 39 años.
Había nacido en 1661. El 6 de noviembre de aquel
año, comiendo en la mesa, Doña Mariana
de Austria, sobrina y esposa de Felipe IV, empezó
con dolores de parto. Fue un alumbramiento fácil
y rápido, y en un breve espacio de tiempo, el
rey se encontró con un heredero varón.
Bautizado con el nombre de Carlos, la Historia acabaría
conociéndolo como El Hechizado.
Fue un niño debilitado. La tara de la consanguinidad
predispone a niños débiles en lo físico
y en lo psíquico. Esta circunstancia innegable
propició una crianza complicada y difícil.
Carlos II precisó de hasta 14 amas para la lactancia.
Su prognatismo facial, evidente ya de niño como
en todos los Austrias, dificultaba en extremo aquélla.
Es más, algunas amas de cría solicitaron
ser relevadas, pues el niño trituraba sus mamas
y pezones sin comedimiento.
Hasta los cuatro años no se destetó el
pequeño príncipe Don Carlos, y los huesos
del cráneo aún no estaban soldados a los
tres años. Fue en aquella época cuando
el embajador francés en Madrid dirigió
una carta a Luis XIV en la que comunicaba que, poco
antes de cumplir los cinco años, el heredero
al trono español «seguía sin saber
todavía ponerse de pie al andar».

SATIRAS Y COPLILLAS
El testimonio del diplomático
coincide con otros de la época. Degeneración
biológica, debilidad física, fontanelas
craneales sin cerrar e imposibilidad de caminar hasta
bien entrada la primera infancia. La debilidad extrema
y esta tardanza en el andar inclinan a pensar en un
niño raquítico. Retardo motor, cabeza
grande por hidrocefalia, desarreglos intestinales...
Males que se corrigen bien hoy, pero no en la época
que le tocó vivir a Carlos II y que le dejaron
secuelas para el resto de su vida.
Y así, invadido de una debilidad extrema, su
deteriorada salud, escasa energía y limitación
funcional le convirtieron en objeto de sátiras
y coplillas por parte del pueblo. Como la que decía:
«El Príncipe, al parecer, / por lo endeble
y patiblando / es hijo de contrabando / pues no se puede
tener».
Don Carlos fue desde niño un ser insulso y torpón,
con voluntad muy limitada e inteligencia escasa. Melancólico
y callado, su adolescencia no estuvo exenta de raptos
de cólera ante estímulos nimios.
Alonso Fernández lo trata de oligofrénico.
Yo prefiero definirlo como ser humano por defecto. Abúlico
y penetrable. Inmensamente indiferente. Indoloro. Pero,
¿hasta qué punto oligofrénico?
Cuando su madre consiguió que Don Juan José
de Austria -hermanastro de Carlos II fruto de la unión
de Felipe IV con una actriz- fuese enviado a las guerras
del sur de Italia, Carlos II escribió a Don Juan,
sin que su madre lo supiera, rogándole que permaneciera
a su lado, apoyándole. Mariana de Austria había
controlado a su hijo desde siempre, pero ahora el rey
eludía tal control.¿No era un oligofrénico,
un retrasado mental? ¿Cómo puede entenderse,
pues, que rechazara el criterio de su madre y reclamara
la ayuda de su hermanastro, odiado por aquélla?
Pero aún hay más. Un débil mental
se caracteriza, entre otras cosas, porque es muy superficial
en sus sentimientos. Y Carlos II no lo fue. Su matrimonio
con la francesa María Luisa de Orleans, su primera
esposa, no fue un tema periférico para el rey.
Fue un asunto profundo, hondo, entrañable durante
los poco más de nueve años que duró,
desde noviembre de 1679 hasta la muerte de la Orleans,
en febrero de 1689. Siendo esto así, los médicos
tenemos que cuestionarnos dónde estuvo la frontera
de la oligofrenia de Carlos II.
Fue pasando la vida del monarca, y en el verano de 1689
se casó con María Ana de Neoburgo, de
familia prolífera. Pero tampoco llegaron los
hijos con este segundo matrimonio. Y eso fue lo que
terminó de hechizar a Carlos II. El tema de su
fertilidad podría habérsele achacado a
María Luisa, pero con María Ana, cuya
madre había tenido 24 embarazos, el pueblo empezó
a colocarlo bajo sospecha: él era el impotente.
El rey, en su inmensa soledad, perdió la escasa
credibilidad que tenía como hombre. Y tanta presión
recibió en el mensaje que él mismo se
lo creyó. Él mismo asumió el papel
de su infertilidad, y él mismo se envolvió
en una masacre de demonios, brujas y hechiceros: El
Hechizado. Por impotente.
UN SOLO TESTICULO
Si difícil
es en ocasiones, decía Marañón,
hacer un diagnóstico fiable a la cabecera del
enfermo, cuánto más estaremos los médicos
sometidos al error al manejar referencias más
o menos distantes en el tiempo.
García-Argüelles y Alonso Fernández,
sin embargo, sí se atreven a juzgar la impotencia
de Carlos II como de causa orgánica, por alteración
en la secreción testicular. En la necropsia,
en cualquier caso, sí se confirma la existencia
de un solo testículo, que está, además,
claramente afectado: «Un solo testículo,
negro como el carbón».
En los últimos cuatro años, la maltrecha
salud de Carlos II empeoró. Diferentes accesos
palúdicos, trastornos gastrointestinales y una
insuficiencia cardiaca que terminó en hidropesía
se entrecruzaron. Autores como Rico-Avello apuntan que
el adelgazamiento, las diarreas, cólicos y vómitos
pueden deberse a un proceso tuberculoso.
Lo cierto es que Carlos II tuvo dispepsia gastrointestinal
toda su vida. Quizá fuese el personaje con prognatismo
más acusado de todos los Austrias, y eso complica
la masticación. Su afición desmedida al
chocolate y los periodos de glotonería intermitentes
terminaron de favorecer los problemas digestivos.
Pero fue su corazón lo que le llevó a
la muerte. «Al rey se le para el corazón
y empeora visiblemente. Se le hinchan el vientre, las
piernas y la cara», dijo su médico flamenco,
el doctor Geelen.Hidropesía la llamaban entonces.
Retención de líquidos, edema, ascitis
por insuficiencia cardiaca progresiva, decimos ahora.«Le
han hallado todas las entrañas... y el corazón
tan consumido y seco...», se lee en el Diario
de la enfermedad del rey Don Carlos II.
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II, El Hechizado>>