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-En
El vuelo de los días nos lleva de Berlín
a Capadocia y de San Petersburgo a Marrakech. ¿Ha
encontrado muchos mundos distintos en el mundo?
No creo en las fronteras, pero sí
he descubierto fronteras que trascienden a los países.
La más terrible es la de la pobreza: los slums
de Nairobi por ejemplo, miseria sin esperanza, al lado
de la naturaleza más espectacular. Otra frontera
muy clara es la que separa el Norte del Sur: yo soy del
Sur, soy mediterránea, y mi Mediterráneo
llega hasta el Río de la Plata. Habla usted de
San Petersburgo y de Marrakech: la que separa los lugares
grandes de los pequeños es otra frontera que siento
de una forma muy visceral: mi pertenencia pertenece con
lugares pequeños de calles estrechas, olores, música,
moscas, donde la gente te toca y te habla
Otra frontera
esencial es la que separa lo urbano de la naturaleza;
en la naturaleza es donde de verdad se encuentran las
respuestas.
Puntualizo: decir no creo en las fronteras
es más un deseo que una realidad. Constato en los
Balcanes, región que sigo muy de cerca desde Liubliana
(Eslovenia), donde vivo ahora, hasta qué punto
las fronteras y sus movimientos abren heridas muy difíciles
de cerrar.
-¿Es un libro de viajes, de
anotaciones personales, un dietario cultural?
Una mezcla de todo eso. Cada vez me gustan
más los géneros mezclados. Dietario me suena
más sofisticado que diario, es un diario a dieta.
Yo diría que este libro son cartas. Cuentan de
Luis Miguel Dominguín que tras una noche de pasión
con Ava Gardner, se levantó corriendo; cuando ella,
sorprendida, le preguntó donde iba, el torero contestó:
¡A contarlo!. Eso me pasa a mí:
cuando algo me gusta, me disgusta, me emociona, me hace
gracia, me llama la atención
no puedo contenerme
y tengo que ir a contarlo, se lo tengo que contar a alguien
muy determinado, te lo tengo que contar: es una necesidad
tiránica. Y si no tengo tú, no escribo.
Algunos lo pintan, otros lo componen, otros lo conflictúan
en el teatro
mi mejor forma de contarlo es escribiendo
cartas: siempre escribo para alguien. Mi yo literario
lo hace el tú. En el caso de un libro publicado,
el tú es el lector.
-¿Cómo
se compagina ser diplomática, haber tenido grandes
responsabilidades políticas, y al mismo tiempo
mostrar el interior del alma en un libro?
Por pura necesidad. Escribir es el acto
más libre que conozco.
-En El vuelo de
los días hay muchísimas referencias culturales.
¿Qué nombres más llamativos de los
que se va a encontrar en el libro podrían servir
de pista al lector para saber qué se va a encontrar?
Eric Clapton, Estrella Morente, Beny Moré
(el Bárbaro del Ritmo), Ella Fitzgerald. Entre
los escritores, uno que no conozco personalmente, Enrique
Vila Matas, por la mezcla de géneros que domina,
donde difumina la frontera entre la realidad y la ficción
convirtiéndolo todo en literatura, y dos poetas
que sí conozco, Juan Gelman, con el que he tenido
la honra de compartir mesa como miembros del Jurado del
Premio Reina Sofía de Poesía, que cuenta
tragedias sin rendirse a la amargura e inventa un nuevo
lenguaje, y Cristina Peri Rossi, cuya poesía erótica
tiene una fuerza que me conquistó, y golpes de
humor que me pierden. Miquel Barceló en cuanto
a artistas plásticos. Y bailar, este libro tiene
mucho baile y cortes de ritmo, eso que en flamenco llaman
el pellizco.
-¿Qué
va a encontrar de nuevo el ciudadano normal en sus andanzas
con artistas, políticos y diplomáticos?
Artistas, políticos, diplomáticos
hay
mucha endogamia en todo eso. Yo siempre soy la de fuera
de la tribu, soy la extranjera. Me ha costado muchos años
aceptarlo y asumir que soy una extranjera, una distinta,
desde que nací: mi partida de nacimiento es un
telegrama que leyó mi padre al aterrizar en Buenos
Aires, donde un tío mío le informaba de
que yo había nacido. He vivido en muchos países
y la sensación de ser la nueva de la clase marcó
mi infancia. Forastera a mi pesar: cuando finalmente lo
admití al cumplir los sincuenta (la errata es voluntaria),
me entró una gran tranquilidad. Ser diferente es
bueno: me he convencido de que lo mejor es tener una mirada
y una voz propia.
-¿Qué acto político-diplomático
de los contados en el libro le dejó mayor huella
y por qué?
El famoso Por qué no te callas,
que viví en vivo, en directo, a un metro del Rey
y a cuatro puestos de donde se sentaba Chávez,
en la Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile, no está
mal. Recuerdo también una negociación vivísima
con (contra) los rusos por un problema del Instituto Cervantes
en Moscú: tenía una colaboradora con la
que me entendía divinamente y sostuve, con su ayuda
cómplice, una batalla que las dos disfrutamos una
barbaridad. En cuanto a tensión mala, una negociación
en la que encabezaba una delegación de la Secretaría
de Estado de Seguridad (mi paso por el Ministerio del
Interior es lo más irreal que he hecho en mi vida,
y ahí viví la tragedia del 11-M) flanqueada
por un policía a un lado y un guardia civil al
otro: la batalla entre el de mi izquierda y el de mi derecha
fue francamente desagradable y llena de golpes bajos.
Lo que más me ha escandalizado en mi vida diplomática
fue lo que escuché en una reunión de Ministros
de Educación iberoamericanos, cuando el Ministro
venezolano dijo literalmente: Hay que poner una
bomba en las Universidades
-Describe lugares
paradisiacos y macrociudades espantosas ¿Con qué
lugar se quedaría para vivir y por qué?
¿Y para escapar?
Después de mucho callejear, me quedo
con Madrid, con sus calles levantadas, el anuncio de Schweppes
que domina la Gran Vía y ese cielo que no iguala
ninguna capital del mundo cuando el viento de la sierra
le quita la boina de la polución. Quizás
cuando vuelva quiera volver a huir, pero ahora que vivo
fuera, Madrid es mi ciudad, me ha pasado ya otras veces,
tengo esa mala maña, como dice la canción
de Ibrahim Ferrer. Si me pierdo, búsquenme en Roma.
Para escapar, quiero lugares donde la naturaleza sea la
reina, contundente monarquía que venero. Y Venecia,
siempre (bien) acompañada, no puedo soportar la
belleza de Venecia estando sola.
-Descríbame
la noche más mágica de cuantas cuenta en
el libro.
Esta es la pregunta más difícil
de toda la entrevista. De noche invento mucho e imagino
mucho más. Hubo una noche de las Perseidas (en
agosto algunas estrellas se caen del cielo y hay que pillarlas
al vuelo para pedir un deseo, las llaman lágrimas
de San Lorenzo) en Cala San Vicenç, en Mallorca,
en que fuimos piratas, izamos en el mástil del
barco una bandera robada con calavera y dos tibias cruzadas,
y cantamos alegrías, navegando y pidiendo deseos.
He vivido inolvidables noches largas de conversación,
vino y tabaco. El erotismo de muchas noches de este libro
se produce despacito, suavecito... El tabú sella
mis labios y me impide seguir hablando.
-Ha tenido amplias
responsabilidades en el ámbito Iberoamericano.
Denos algunas pistas de lo que en el libro se podrá
encontrar el lector sobre estas cuestiones.
La contundencia del español, lengua
materna de muchísima gente en muchísimos
sitios. En Estados Unidos hay más hispanoparlantes
que en España, por dar un ejemplo. Me enamoran
los distintos giros que le dan: ¿Le provoca
un tinto o aromáticas? (¿quiere un
café o una infusión?) Me siento muy sudaca,
quizás porque aprendí a hablar en Chile.
Tenemos una íntima comprensión cultural,
un sentido de la fiesta, y de la melancolía, si
no comunes, sí muy afines. Me siento mucho más
cercana, por ejemplo, a un venezolano o a una colombiana
que a un noruego o a una holandesa.
Aparte de eso, aparecen personajes de los
que salen en los periódicos, con los que he tenido
la ocasión de hablar, a los que he visto actuar
-¿A qué
se debe que su libro esté respaldado por intelectuales
de la talla de Cristina Peri Rossi, Joaquín Leguina
y José Luis Alonso de Santos?
Cristina Peri Rossi y José Luis
Alonso de Santos son grandes amigos míos; su entusiasmo
por este libro me dio mucho aliento para seguir escribiéndolo.
Con Joaquín Leguina me une la irreverencia de nuestro
común editor
-Pregunta tópica.
¿Es más difícil ser mujer y diplomática?
¿Algún político se le ha insinuado?
(Si es así, ¿lo reconoce en el libro?)
Por supuesto que es más difícil.
En todo lo que atañe a la vida profesional, es
más difícil siendo mujer. En la violencia,
también ser mujer es más difícil:
nosotras somos las violadas.
Le daré algunos ejemplos personales.
Dejé la carrera diplomática (lo he hecho
en varias ocasiones) y nada más empezar a trabajar
en la empresa privada, descubrí que estaba embarazada;
algunos amigos me aconsejaron que no confesara mi delito.
Lo confesé, no me despidieron y me hice perdonar
el pecado trabajando como siete. Cuando me nombraron Directora
General, después de 25 años (con entradas
y salidas, bien es cierto) de Carrera Diplomática,
una trayectoria profesional no peor (esto es lo que los
ingleses llamarían un understatement) que la de
muchos compañeros ya Embajadores, la primera reacción,
espontánea, de un íntimo, y subrayo lo de
íntimo por muy cercano, amigo mío, fue decir,
antes que enhorabuena, ¡Claro, la cuota!.
Son muchos y muchos siglos de dominación masculina,
y las mujeres seguimos siendo las que parimos. Ese problema
está por solucionar.
En cuanto a la segunda parte de su pregunta,
sí, algún político se me ha insinuado.
Desde el Presidente de Ghana, nada más empezar
mi carrera diplomática, hasta alguno más
reciente.
-Aconséjenos
un hotel para desaparecer con una personalidad ficticia.
Le sirenuse de Positano; es tan pequeño
que no hace falta nombre supuesto. La maison arabe de
Marrakech. No me dan comisión, pero si corre la
voz, lo mismo redondeo mis derechos de autor pidiéndoles
una invitación para pasar una semanita en cada
uno de ellos, para completar esa pregunta de Descríbame
la noche más mágica de cuantas cuenta en
el libro.
-De las peripecias
contadas en el libro. ¿Cuál es la que le
hizo pasar más miedo o desasosiego?
Una muy reciente: ir a Venecia sola, me
provocó una crisis de la que me costó recuperarme;
Venecia es una tentación muy cercana desde Liubliana,
pero no volveré a caer en ella sola. Otra sucedió
hace mucho tiempo, al inicio de mi carrera, en Ghana.
Fui en coche con un amigo ghanés a ver un festival
folclórico popular. Mi amigo no me advirtió
de que ir en coche podía ser una provocación,
y antes de poder reaccionar, una masa incontrolada de
hombres borrachos, pintarrajeados y excitados con el baile
rodeó mi coche dando golpes, patadas, haciendo
muecas por las ventanillas
pensé que no salía
viva; no he pasado más miedo en mi vida. El vuelo
de los días empieza algunos años después.
-¿Es verdad
que hay una erótica del poder?
Me gustan los juegos eróticos, pero
no me ha dado por esa perversión. Es agradable
(y eficaz) que la gente se te ponga al teléfono,
y poder tener una opinión que sea tenida en cuenta,
pero yo a eso no le llamo erotismo.
-Por último,
rescate una frase del libro.
Los que viven intensamente acaban muertos;
los que no, también.
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