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Pregunta.- Según
se puede leer en el acta del jurado que otorgó
el premio Vivencia de Relato, su obra, bajo la apariencia
de un estilo suave y una sensibilidad femenina, se esconde
un alegato duro contra la represión, las dictaduras
y la imposición de leyes, costumbres y normas.
¿Se siente definida usted en esas palabras?
Respuesta.- Sí, totalmente. Viví los últimos
años del franquismo. Era demasiado pequeña
para entender nada. En mi casa no se hablaba de política,
a mi alrededor tampoco. Sin embargo con trece años
me detuvieron, junto con otros amigos, por leer en público
poesías de Antonio Machado. Aquel día tuve
mucho miedo porque pensé que mi padre se enfadaría
conmigo y me castigaría. No fue así, ni
siquiera me riñó. Fue la primera vez que
no me castigaron por hacer algo de las tantas cosas que
había prohibidas. Pero durante toda mi infancia,
hasta que salí del colegio de religiosas en el
que estudié, siempre estuve castigada, por casi
todo, por preguntar cosas que no se debían preguntar,
como por ejemplo: por qué si Dios es amor
permite el sufrimiento. Por llegar un minuto o dos
tarde a clase. Eso suponía quedarme una hora, o
dos, o tres, sola en la clase, cuando todas las niñas
salían a las cinco de la tarde. (A veces a la hermana
se le olvidaba que me había castigado y se hacía
la hora de la cena). Verdaderamente me castigaban casi
todos los días por que no iba a misa de 8 por las
mañanas. Mi padre decía que era muy temprano
y no me dejaba. Yo sí quería ir, pero sólo
quería hacerlo para librarme del castigo. Tengo
un recuerdo atroz de aquellos últimos años
de la dictadura. El silencio a mí alrededor sobre
casi todo, los castigos incesantes en el colegio. Después,
me convertí en profesora de historia y descubrí
que todas las dictaduras son igual de terribles.
P.- Los veintiocho
relatos contenidos en El silencio perturbado se mueven
entre lo real y lo imaginario, pero también entre
lo real y lo deseado. ¿Qué desea la autora
que no encuentra en la realidad?
R.- Quisiera no haber perdido a las personas que
me hicieron feliz. Tuve una mala infancia, pero mis abuelos
eran para mí una isla de paz y alegría.
La pena es que sólo los veía cuando iba
a Cartagena, no siempre con la frecuencia que yo hubiera
deseado.
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P.- Durante la
lectura de su libro, hubo momentos en los que pensé
que los relatos estaban encadenados. Así lo destaqué
en el comentario que escribí para Acantilados
de papel: La iglesia, La aparecida, El ladrón
de naranjas
en cada uno de ellos cita algo que
después aparece en el relato siguiente.
R.- No soy consciente de eso. Una
amiga me dijo que el silencio era una palabra que se repetía
en muchos de mis relatos. El silencio es muy importante
para mí. Pero no soy consciente de que exista un
hilo conductor entre los relatos. Los escribí a
lo largo de dos años, en momentos distintos, con
motivaciones diferentes.
P.- El lector encontrará silencios,
pasado, deseos inquebrantables, rodeados de la bruma de
lo irreal y el misterio, pero con personajes muy reales,
¿podría decir que muy conocidos por usted?
R.- Depende. Sólo hay personajes reales en unos
pocos relatos, en El tiempo errante, en Barcelona
1978. En el relato más difícil de
todos para mí, La fila derecha, la fila izquierda,
en Nuestro secreto y en el último,
en Los días apacibles. Todos los demás
están inventados. Otra cosa es que exprese en ellos
cosas que yo deseo.
P.- ¿Vivió
usted en Cartagena? Se lo pregunto por que el mar aparece
tantas veces en sus relatos.
R.- No he vivido nunca en Cartagena. Tenía 18 meses
cuando trasladaron a mi padre. Pero es verdad, no puedo
vivir sin el mar. Siempre hemos veraneado junto a él.
Era lo mejor después de un año encerrada
en el colegio. La sensación de liberación.
Cada poco tiempo necesito ir a verlo.
P.-
Habían
conseguido detener la voracidad insaciable de los constructores
,
fragmento de Reencuentro por navidad, nada tiene
que ver con el turrón del anuncio, pero sí
con aquellos que vivimos en el levante español.
R.- He hablado mucho con mis amigos de este tema.
La celeridad con la que todo cambia. En pocos años,
el paisaje que amabas desaparece bajo el asfalto y el
cemento. ¿Qué será de nosotros cuando
hayamos perdido nuestro entorno natural? Para mí
es el más valioso de todos los patrimonios. Creo
que nuestra Región es aún hermosa, lo que
no sé es hasta cuándo lo será.
P.- ¿Cuánto
hay de Isabel María Abellán en esta obra?
Y, en especial, en esa figura recurrente del profesor
o profesora de colegio o escuela.
R.- Me gusta ser profesora. Un día me preguntaron
mis alumnos dónde había aprendido a enseñar
de la manera en que lo hago. Les dije la verdad. Cuando
aprobé la oposición me juré a mí
misma no repetir nunca lo que mis profesores hicieron
conmigo. Hace pocos años les hablé a mis
alumnos de Segundo de Bachillerato de la Institución
Libre de Enseñanza. Una forma de entender la enseñanza
completamente diferente, alejada del academicismo, abierta
al debate y a la investigación, sobre todo a la
libertad de expresión. Los alumnos pueden ser muy
inteligentes si les das la oportunidad de demostrarlo.
Me pidieron que no cambiara. Lucho por no defraudarles.
P.- Quiero hablar
de un relato en particular, Los dos amigos, y lo hago
por que, cuando leí el libro, anoté a pie
de página: deja la historia para que el
lector adivine. ¿Era esa su intención?
R.- No, no es un relato abierto. Entre abril y mayo me
he recorrido un montón de centros de secundaria
leyendo mis relatos. Recuerdo una profesora de literatura
del Alfonso X El Sabio que me dijo en relación
con ese relato: Me dejó helada ese final, sin embargo,
sé que hay gente así de malvada. El lector
no tiene que adivinar nada, la clave está en el
penúltimo párrafo, cuando el padre extrae
las cartas del cajón de su mesa de trabajo, las
que había escondido durante todos aquellos años.
P.- Conforme avanzamos
en el libro, la figura de la muerte tiene una presencia
más destacada. Así ocurre en Un domingo
en el fútbol, Barcelona 1978 y Nuestro secreto,
por citar unos ejemplos.
R.- Un domingo en el fútbol es un relato
que empecé a escribir varios días después
de que una alumna muy querida se acercara al terminar
la clase para decirme que sus padres se habían
separado. Su dolor inspiró ese cuento. Barcelona
1978 es el terror que me producen las dictaduras
con sus desaparecidos. ¿Se puede vivir sin saber
qué fue de tu hijo arrebatado una noche por los
esbirros de un régimen dictatorial? Nuestro
secreto es mi pequeño homenaje al gran hombre
que fue el abuelo paterno de mi hijo. Siempre le agradeceré
todo lo que quiso e hizo disfrutar a su nieto.
P.- Le
enseñó lo más difícil, a observar
en silencio, escribe usted. En este mundo de
las prisas, de los ruidos, de las bataholas más
bien, ¿es posible reencontrarse con el silencio?
R.- Yo no dejo de buscarlo. Lo necesito. Por eso voy a
ser radical y voy a renunciar a muchas cosas. He perdido
el silencio, los últimos años han sido muy
intensos, pero ahora tengo que aprender a regresar a él,
si no lo hago corro el peligro de desaparecer yo misma.
P.- He subrayado
muchas frases de su libro. Esta, por ejemplo, a
veces la vida docente es tan intensa que llegaba a estresarle
quiero que me sirva de introducción para preguntarle
por su proceso creativo. ¿Cuándo y donde
escribe usted?
R.- Esta pregunta enlaza con la anterior. Hace diez años
empecé a escribir de forma disciplinada. Es decir,
todos los días durante varias horas. Lo hacía
y lo hago en vacaciones. Más adelante vinieron
las colaboraciones semanales en la SER y las mensuales
en la revista literaria Irreverentes. Empecé a
escribir tardes sueltas, los fines de semana. No sé,
necesito recuperar la constancia y alejar la prisa. Por
eso le hablaba en la pregunta anterior de la necesidad
de recuperar el silencio, eso significa volver a la calma,
a la escritura pausada. Significa volver a disfrutar con
las cosas que hago.
P.- Se dio a conocer
con una novela, pero desde entonces ha publicado relatos
y cuentos. ¿Dónde se siente más cómoda
Isabel María Abellán, en las distancias
cortas o en las largas?
R.- Las distancias cortas vienen marcadas por la falta
de tiempo. Me gusta hacer relato, me encanta. Pero también
necesito el reto de una novela. Por eso le comentaba dos
preguntas más arriba que voy a renunciar a muchas
cosas. La vida no es demasiado larga, no puedo permitirme
envejecer sin saber qué hubiera pasado si hubiera
sido capaz de intentarlo. Ahora toca sumergirse en esa
distancia infinita que es una novela. Si fracaso no pasa
nada, por lo menos he sido valiente y me he lanzado al
vacío.
P.- Colabora usted
con un programa de la Cadena Ser.
R.- Sí. Esta es una de esas experiencias que han
hecho que mi vida de pronto sea muy intensa. Todo empezó
cuando leí en el estudio de grabación un
relato muy breve de mi libro anterior, El último
invierno, se titula Paseo por la huerta.
Es muy cortito, apenas media página del libro.
En él expresaba la nostalgia por la huerta que
desaparecía en torno a mí mientras paseaba
en bicicleta. La ciudad avanza, decía en aquel
relato. Grabé aquel programa y me fui a casa. Por
la noche me telefonearon. Habían llamado varias
personas a la SER diciendo que se habían sentido
muy identificadas con lo que yo había leído.
¿Sería capaz de escribir cada semana un
relato que conectara con los oyentes? Cerré los
ojos y dije que sí.
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