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MANUEL
HIDALGO
El periodismo es acción
sin tiempo para pensar
Manuel Hidalgo (Pamplona, 1953) es
lo que llaman un hombre del Renacimiento, salvo porque
en el Renacimiento no había cine, televisión
ni columnistas. Presentó un talk-show, ha escrito
varios guiones -por uno de ellos fue nominado a un premio
Goya- y media docena de libros sobre cine, ha pasado por
un montón de periódicos, revistas, jurados
de cine, platós y academias (es miembro de la de
las Artes y las Ciencias Cinematofráficas de España
y de la European Film Academy) y acaba de publicar El
cutis de las monjas (Ediciones Irreverentes). Casi ná.
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Pregunta:
He leído que su manía favorita es discutir,
así que me da miedo empezar la entrevista... ¿Qué
tema será mejor que no le toque?
Respuesta: Mi manía
favorita es llevar la razón y decir la última
palabra en las discusiones. Es una manía muy fea,
así que me estoy corrigiendo a fuerza de silencios.
No me toque la moral.
P: Habrá algún
tema que le encantaría que le propusiera, claro.
R: La corrupción,
el ami-guismo, el sectarismo, el servilismo y el mercenarismo
de los periodistas culturales, los escritores y los intelectuales
españoles.
P: Pues dígame
algo sobre el tema, aproveche.
R: No me atrevo. Otro buen
tema es la cobardía disfrazada de valor.
P: Al recoger ahora sus
artículos del día en El cutis de las monjas,
¿con qué impresión se queda?
R: Con que tienen lo que
yo quisiera para mí: dos vidas, y la segunda todavía
mejor.
P: ¿Sobre qué
le gustaría escribir y no hay manera?
R: Sobre el cielo de mi infancia
después de haber pasado allí una larga temporada
y haber vuelto a la tierra.
P: En cambio, ¿hay
alguna cosa sobre la que crea que ha escrito ya demasiadas
veces?
R: No hay cosas sobre las
que uno haya escrito demasiadas veces. En todo caso, hay
experiencias que uno ha tenido ya demasiadas veces.
P: Tiene por costumbre
no meterse en política. ¿Deberían
hacer lo mismo nuestros políticos?
R: No es cierto. Estuve metido
en política en mi juventud y me meto siempre que
haga falta y que me excite. Lo que no me gusta es escribir
de política, aunque también lo hago.
P: Por cierto, no tiene
carné de conducir. ¿Siempre se deja llevar?
R: Me dejo llevar siempre
que me lleven adonde yo quiero ir.
P: Es usted de Pamplona...
¿Le gusta correr delante de los toros o le va más
ser el perseguidor?
R: Soy un perseguidor nato
siempre que no tenga que correr. Persigo desde hace tiempo
la felicidad, escribir un libro excelente y una película
magnífica, y temo que el toro de la muerte me pille
antes de haberlo logrado.
P: Abandonó usted
la carrera de Filosofía. ¿Demasiados griegos
vestidos como para una fiesta-toga?
R: No. Demasiadas preguntas
sin respuesta para alguien tan impaciente como yo.
P: La cambió por
la de Periodismo. ¿Qué ganó y qué
perdió con el cambio?
R: Gané mucho más
dinero y perdí los restos que me quedaban de un
buen concepto de mí mismo. Ortega decía
que pensar es hacer. El periodismo es acción sin
tiempo para pensar.
P: Dicen que es usted,
en el buen sentido de la palabra, costumbrista. ¿Cuáles
son sus costumbres confesables?
R: No se fíe de lo
que digan los demás. Las malas palabras nunca tienen
sentidos buenos. A mí lo que me pasa es que me
fijo mucho en los detalles, pero me falta complacencia
con la vida para ser costumbrista. Las costumbres confesables
son doblemente aburridas.
P: ¿Y dónde
podríamos encontrarle practicando las inconfesables?
R: Paseando por el lado salvaje,
que diría Lou Reed. Pero entonces no estoy para
nadie y ni yo mismo me encuentro.
P: ¿Y qué
costumbre nos recomienda?
R: Yo recomiendo practicar
las buenas costumbres para con los demás y reservarse
alguna mala para uno mismo.
P: Hace algún tiempo
recopiló las fobias de unos cuantos escritores.
Ya a unos meses vista, dígame: ¿alguna era
contagiosa?
R: Jesús Pardo, grandísimo lector, confesaba
en ese libro haber tenido fobia a la lectura. Por lo que
veo por ahí, ésa puede ser la fobia más
contagiosa.
P: Buscando por internet
cosas suyas poco confesables me he encontrado con otros
Manuel Hidalgo. ¿Qué le hubiera parecido
ser el químico?
R: Como químico aspiro
a mezclar la realidad y la fantasía, lo posible
y lo imposible en mi vida y en mi escritura. Con eso ya
estoy servido.
P: ¿Y el obispo?
R: Tengo bastante con pastorearme
a mí mismo, a los muchos que hay en mí.
El escepticismo y la ironía me impiden predicar
con eficacia.
P: ¿Y el compositor
de música clásica?
R: Presumo de tener buen
oído para los diálogos y para juntar palabras
sin dar notas falsas.
P: ¿Y el cirujano
de Franco?
R: Me hubiera gustado ser
médico, sí, pero tengo más facilidad
para inventarme enfermedades que para curarlas.
P: ¿Qué
Manuel Hidalgo le gustaría ser a Manuel Hidalgo?
R: El que ella quiera.
P: ¿Por dónde
anda ahora el hombre malo de aquel libro suyo?
R: No sé, es raro,
yo sé que está dentro de mí, pero
lo sigo viendo mucho por ahí fuera.
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