PREGUNTA.-
¿Por qué este libro?
RESPUESTA.- Era una deuda conmigo mismo.
Yo diría que, incluso, una deuda de toda mi generación
con el maestro. De jóvenes menospreciábamos
a Hitchcock, pensábamos que era un director comercial
y populachero y que era muy inferior a, por ejemplo, Antonioni,
Pasolini o la Nouvelle Vague. Había que realizar,
pues, un ejercicio de recuperación años después,
con las pasiones menos a flor de piel.
P.- En su libro insiste mucho en la admiración
de este director por la mente humana.
R.- Sí, ese es uno de los grandes
méritos de Hitchcock. Casi por primera vez en el
cine se aplicó en el terreno de la psicología,
incluso la psicología clínica, de forma
consciente. Sus personajes, más o menos acertadamente,
son desmenuzados en su proceso psíquico, mental.
En sus esperanzas y pasiones, particularmente en el ámbito
del crimen y el sexo.
P.- ¿A qué se debe el carácter atemporal
de sus películas?
R.- Uno de los motivos es, precisamente,
su interés por la psiquis humana. Pasan las modas,
avanza la tecnología, cambian los escenarios sociales
y económicos, pero el ser humano es muy parecido.
Por eso las películas de Hitchcock, treinta o cuarenta
años después de haber sido estrenadas, siguen
vigentes.
P.- ¿En la actualidad hay algún director
que pueda considerarse un digno heredero de Hitchcock?
R.- En mi opinión sólo
Woody Allen ha heredado algunos rasgos del maestro. Su
interés por las personas y sus pensamientos, su
sentido del humor, su compulsión por comunicarse
con un público a lo largo y a lo ancho del mundo.
Claro que Woody Allen también es un maestro, pero
su maestría tiene mucho que ver con el realizador
que nos ocupa.
P.- ¿Cuál cree que fue su principal aportación
al cine?
R.- Una vez más, su constante
estudio de la cadena de razonamientos lógicos en
los pensamientos de sus personajes, el perfeccionamiento
del suspense como artificio puramente cinematográfico
y, sobre todo, la responsabilidad ante el público,
la conciencia clara de que es al público y para
el público para quien se hace una película
y que un cineasta tiene la obligación de hacerlo
reír y llorar, emocionarlo y asustarlo. Sacarle,
en suma, de su vida cotidiana y divertirlo.
P.- ¿Con qué momento de su cinematografía
se queda?
R.- Es difícil decirlo pero
señalaré dos, al menos: el momento en el
que Grace Kelly comienza a desnudarse ante James Stewart
en La ventana indiscreta y la terrible trasformación,
ante la cámara, de Tony Perkins en su madre, al
final de Psicosis.
P.- Si pudiera preguntarle algo, ¿Qué sería?
R.- Me gustaría preguntarle
qué es lo que le hacía tan desgraciado como
para suicidarse lentamente comiendo y bebiendo en exceso.
|