Ediciones Irreverentes
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FRANCISCO NIEVAFRANCISCO NIEVA
“Manuscrito encontrado en Zaragoza” es todo un elenco de situaciones extremas

La figura literaria de Francisco Nieva no sólo está de actualidad por haber recibido el premio Ducado de Loeches por su obra “La mutación del primo mentiroso” editado por Ediciones Irreverentes, sino que se agranda con el paso de los años. Su versión de “Manuscrito encontrado en Zaragoza”, una de sus cumbres como autor, que le proporciona el Premio Nacional de Literatura Dramática, ha triunfado en los escenarios españoles y ahora, por primera vez, se publica en forma de libro, independiente, con las ilustraciones del propio autor. Francisco Nieva ha rememorado su vida tanto en sus Memorias, como en “La mutación del primo mentiroso”. Entrañable en sus amores gatunos y perversos, ha conmocionado a la aburguesada sociedad española al reconocer que escribe todo a base de porros. Nieva nace en Valdepeñas, en 1924. Marcha a París en 1945, donde se relaciona con los movimientos de vanguardia y con autores como Ionesco, Beckett y Adamov. Publica su primera obra, “Es bueno no tener cabeza”, en 1971. Posteriormente aparecen títulos como “Tórtola, crepúsculo y… telón”, “Pelo de tormenta”, “Coronada y el toro”, “Teatro furioso” y “Teatro de farsa y calamidad”. En 1976 triunfa con la obra “Sombra y quimera de Larra”. En 1980 recibe el Premio Nacional de Teatro por la adaptación de la obra de Miguel de Cervantes “Los baños de Argel”. En 1986 es elegido miembro de la Real Academia de la Lengua Española. Conquista celebridad con obras como “El baile de los ardientes” y “Los españoles bajo tierra”. Su versión de “Manuscrito encontrado en Zaragoza”, una de sus cumbres como autor, le proporciona el Premio Nacional de Literatura Dramática, premio que recibe el mismo año que el Príncipe de Asturias. En 1996 recibe la Medalla de Oro de las Bellas Artes. Entre sus novelas cabe destacar títulos como “Granada de las mil noches”, “La llama vestida de negro” y “Carne de Murciélago”. En 2002 publicó sus memorias, “Las cosas como fueron. Memorias”.

Manuscrito encontrado en ZaragozaP. -¿Por qué escoge como asunto central de “Manuscrito encontrado en Zaragoza” la relación amorosa entre las dos hermanas y el primo? ¿Tal vez quedaba en el recuerdo algún deseo insatisfecho -o satisfecho- de adolescencia? ¿Quizá por el interés literario?

R. – El Manuscrito de Potocki, ilustre contemporáneo de Sade, es todo un elenco de situaciones que llamamos extremas o “liminares”, y otros las pueden calificar sencillamente de escabrosas. Yo diría asimismo que son tentaciones fundamentales. ¿Quién no ha soñado en su juventud acortarse con dos chicas a un tiempo? Nuestra imaginación erótica elabora muchas princesas libertinas y hermanas, y los grandes artistas satisfacen subliminalmente esos deseos. Lo hizo superiormente el simbolismo pictórico y poético. A Potocki lo ha rescatado “la modernidad” y, por eso, yo he podido llevar al teatro una situación de “sueño húmedo” como no era posible hace veinte años en Europa y América, en las que se las hubiera tachado de pornografía. Y, en ciertos ambientes, aún hay ese peligro. Peligro de escándalo. Pero el escándalo jalona muchas artes de nuestro tiempo, porque el escándalo es la novedad y sorpresa. Y también tentación.

P-¿Qué le fascina de aquella España tan mágica y tan sucia que cautivó a Potocki?

R. – Porque era la España de Goya, vista por Goya, que los simbolistas como Baudelaire declararon raro maestro. No es del todo una España real, sino un punto de vista del arte, una selección emocional, distanciada y estética. Y es la España de la Ilustración, de las ideas que condenaba la Inquisición, intolerante y represora. Y es también la España romántica, de la que tantas muestras literarias y pictóricas podemos presumir, porque fue la España descubierta con estupor, temor, indignación, regocijo y admiración por los viajeros del primer turismo cultural Con tantos bellos atractivos documentales, ha sido para mí un placer escribir y dirigir esta obra.

P- En la edición del libro encontramos un dibujo suyo en portada y tres en el interior. ¿Este "Manuscrito" ha servido para incitar al Nieva-pintor?

R. – Por necesidad. Siempre que me he comprometido a una puesta en escena, he tenido que movilizar al pintor. Como pintor, considero que yo no fui ninguna maravilla, pero la pintura me sirvió de mucho, tanto para escribir teatro, como para hacerlo materialmente, resolviendo sus problemas de visualización de un concepto dramático determinado. Escribiendo – y no digo tramando un montaje teatral – dibujo siempre mis ideas. Escenográficamente, las puedo plasmar en tres dimensiones, gracias a mi larga preparación plástica. Pero no siempre sin dificultades para quedar a cierta altura como profesional. Por eso, como director, prefiero ahora que mis ideas las “formalice” un pintor mejor que yo. Sin embargo, para “Manuscrito” me obligué a pintar de nuevo y me costó muchas angustias acabar el proyecto a mi entera satisfacción. Pienso que ya no lo haré más y me contentaré con solo “entender de pintura” para dirigir con acierto mis espectáculos. Espectáculos que siempre serán plásticamente comprometidos en crear un clima específico.

P- El "Manuscrito encontrado en Zaragoza" le valió el Premio Nacional de Literatura Dramática. ¿Para qué vale un premio?

R. – Cuando es por una obra que hemos hecho con el entusiasmo y el fervor que yo puse en pergeñar la adaptación escénica de tan admirable novela, es un estímulo muy de agradecer. Quien ya ha recibido muchos premios, quiere más a unos que a otros, y un premio pequeño puede tener una gran significación. Lo grande y lo significativo de este premio de literatura dramática, me confirmó – antes de su estreno – que mi adaptación tenía la calidad y los rasgos de una obra original.

P -¿Cuántos años y cuánto esfuerzo le costó que ese ente llamado "el público" llegara a comprender su obra dramática?

R. – Más vale tarde que nunca. Mi teatro hubiera podido ser muy minoritario. Todo me lo anunciaba, y me llevé una sorpresa muy agradable cuando comprobé que un público muy diferenciado y popular se reía y se sorprendía con mis obras más complejas y con más doble o triple sentido. En concreto, cuando vi representar por actores independientes “Coronada y el toro” en el paseo público de una ciudad de levante. Descubrí que el público de la calle se reía con más sinceridad que los intelectuales. Y también fue una buena sorpresa asistir a un estreno del que yo llamo mi “teatro libertino” en un antro muy particular de Madrid, con gente dura de la noche, vestidos de cuero, con anillos y tatuajes; chicas con los labios morados, medias de rejilla; y, en suma, con mucho “snife” y deglución de sustancias estimulantes de por medio. Se lo conté a muchos colegas de la Academia y también ellos se rieron a más y mejor. Antes he hablado de los premios “pequeños” que pueden dar más satisfacción que muchos grandes.

P.-Me encantó "Te quiero, zorra". ¿Hay muchas mujeres con rabo zorruno? (Incluso, ¿hay muchos hombres con rabo de zorra?)

R. - Al parecer de algún notable estudioso alemán de mi obra dramática, “Te quiero, zorra” es un drama social en forma de divertimento: La puta redimida en secreto por su propia animalidad y la del hombre que la ama. Es una obra menor que, sin embargo, me representa muy bien, y ha sido el vértice de un examen muy detenido y minucioso, sobre su múltiple significación. Tuvo mucho éxito en Avignon y en París. Y esto me hace sospechar que a todos se nos termina descubriendo el rabo que más queremos ocultar. Y que nos debemos perdonar unos a otros, porque ese rabo “también es humano”.

P. -No me diga nombres, por favor, que esta es una entrevista seria, pero, si es tan amable, cuéntenos cómo transcurrió aquella historia amorosa en la que compartió amante con Italo Calvino.

R. – Lo cuento con detalle en mis memorias. Italo estaba comiendo solo en una trattoría de Venecia y ella me lo presentó. Al instante descubrí que ella y él se conocían muy bien, y no tuve celos porque yo estaba haciendo el amor a tope con aquella mujer encantadora, intelectual y artista, un día tras otro, sin descanso. Lo que me pasaba era que yo no había hecho hasta entonces nada que valiese, Calvino había publicado ya “El barón rampante” y tenía mi edad aproximadamente. Yo no era nadie a esa edad, solo era un chico de buena presencia. Interiormente, me daba por vencido ante Calvino. Solo triunfante en un plano tan vulgar como la sexualidad. Pero yo no era un tonto y quise demostrarle que admiraba y conocía su obra. En las largas horas que pasamos juntos, observé que Calvino “no me despreciaba del todo”. Menos es nada. Tampoco se desprecia así como así a un admirador. Tengo por eso un recuerdo un poco ácido de todo aquello.

P. -Usted conoció a Adamov, a Ionesco, a Beckett, vivió en la casa de Ezra Pound... ¿Como sobresalen entre las neblinas del tiempo aquellas vivencias? ¿Qué queda de más agradable?

R. – Precisamente, en la casa de Pound tuvo lugar aquella aventura entre la milanesa, Calvino y yo. Una de las cosas que más me impresionó, era que Adamov oliese tan mal. De los grandes hombres que he podido tratar, Aleixandre y Ionesco me han parecido que tenían, cada uno a su modo, una estatura humana colosal. Lo más agradable fueron mis conversaciones con Aleixandre. Era como si las hubiera tenido con toda la generación del 27.

P. - Puede confesarse, hijo mío: ¿Qué pecado no ha cometido?

R. – Todos, hasta el crimen subliminal de los malos hechiceros. No sé con qué derecho puedo gozar ahora de una tranquilidad, unos amigos y unos encargos que me estimulan a vivir. También existe la efímera felicidad de los viejos.

P.- ¿No es extraño que un escritor de una carrera muy destacada, ya con ochenta años, se presente a un premio como el Ducado de Loeches, que comienza su andadura?

R.- Mi querido amigo y académico Pere Gimferrer me aconsejó en una ocasión, con mucha sinceridad, porque es un gran admirador de mi obra dramática y narrativa: "No te presentes a los grandes premios literarios, porque tú escribes libros muy raros, no previstos por los planes comerciales de las editoriales importantes", consejo que he seguido al pie de la letra, y mi presentación a un premio naciente me llevó a abrigar la ilusión de que, en el caso de ser premiado, me editara una editorial que se dedicara a imprimir y poner al alcance del público el libro raro, maldito, no ya de autores clásicos, sino de autores contemporáneos.
La mutación del primo mentiroso
P.- En "La mutación del primo mentiroso" se trata la historia de un muchacho nacido en los años veinte en La Mancha que marcha siendo adolescente a Francia, donde tendrá una curiosa relación amorosa con su primo Lambert, un gran mentiroso. ¿Qué tiene de autobiográfica?

R.- "La mutación del primo mentiroso" tiene mucho de autobiografía, aunque hay una parte de mentira. El protagonista y yo nacemos en La Mancha, pasamos nuestra adolescencia leyendo, en mi caso porque mi familia, en la que había algunos miembros del gobierno de la República, huyó de la represión y de las persecuciones políticas, a Francia y se dejaron sus bibliotecas en España, sobre todo los libros prohibidos. En aquella época leí desde las novelas galantes de la época hasta libros de compromiso político. Había novelas buenas, novelas malas, estaba Pascal, Labruyere… leí muchas cosas al azar. Pasé mi adolescencia y la primera madurez leyendo libros con una inmensa voracidad, sobre todo los libros mal vistos en la época. Esa fue mi educación, esa fue mi universidad. El protagonista de la novela y yo vamos a Francia, nos sumergimos en el ambiente de las vanguardias creativas, nos relacionamos con los creadores de la época, tenemos relaciones consideradas como peligrosas y vivimos con intensidad. Quien haya leído mis memorias encontrará algunos episodios en los que hay el mismo clima. Reconocerá algunos acontecimientos que me ocurrieron en Venecia, en Berlín o en París.

P.- La mutación del primo mentiroso es una novela fantástica, un estilo poco frecuente en esta época.

R.- "La mutación del primo mentiroso" es una gran mentira, pero la novela, la creación, debe ser mentira. Una vieja de mi pueblo me dijo una vez ¿Por qué lees tantas novelas si son mentira? Llevaba razón aquella mujer, pero las leía por ser mentira. He pretendido que mi novela sea una gran mentira para poder ser absolutamente veraz. Me he entregado a ella con el entusiasmo del mentiroso, dueño y señor de todas sus mentiras, a quien nadie pone freno. El caso es soltarlas con la impunidad de la locura. La mentira es una verdad, la verdad es una mentira; la novela es pues una mentira veraz. Y he querido escribir una novela muy mentirosa para mejor dar en el clavo si fuera del gusto del público. Es complejidad es, paradójicamente, sencilla. Todo es raro y ambiguo, pero familiar y directo.
Catalina del demonio
P.- La novela comienza en Villanueva de los Infantes, un pueblo cercano a Valdepeñas y muy relacionado con Quevedo.

R.- Sí, es una zona preciosa de La Mancha. Es un pueblo con una plaza extraordinaria, con una iglesia preciosa, de piedra roja, que parece de color naranja cuando le da el sol. Me pareció un escenario extraordinario. Tiene algo que ver con la relación de Quevedo con el pueblo. Yo soy un admirador de la poesía lírica de Quevedo y sobre todo de su poesía satírica; me parece que Quevedo es el sumo poeta español.

P.- ¿Es “La mutación del primo mentiroso” la obra más madura y más perversa de su creación?

R.- Pues yo creo que sí. Bueno, no soy yo quien para juzgarlo, porque tendría que tomar mucha distancia para hacerlo, pero es, sin duda, la novela más sincera que he escrito, siendo como es tan mentirosa, pero es muy sincera, porque creo, como dijo Picasso, que la verdad es una mentira y la mentira es una verdad.

 
 
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